Tras repasar la historia de Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracias Ibeas, las dos mujeres gallegas que contrajeron matrimonio eclesiástico en 1901, quedaron dos preguntas en el aire. Primera, si sería posible rastrear otras bodas entre personas del mismo sexo en la historia del estado español, que legalmente las aprobó en el reciente 2005. Segunda, si en el caso de hallar dichas ceremonias ‘homosexuales’, al menos unx de lxs cónyuges habría argumentado ser intersexual -hermafrodita- para acceder al derecho nupcial. Dejando atrás el análisis de la figura de Reyes Carrasco y Huelva -dada a conocer en 1864-, quien nunca llegó a casarse, la genealogía del ‘matrimonio gay’ en tierras ibéricas nos lleva hasta la mitad y el inicio mismo del pasado milenio.

El fascinante caso de Helena de Céspedes, a cuya biografía accedo a través de los historiadores Francisco Vázquez García y Andrés Moreno Mengíbar[1], quedó registrado en la historia mediante distintas audiencias, procedentes de un proceso inquisitorial que implicó al Tribunal del Santo Oficio de Toledo de 1587. Fue acusada de pecado ‘contra naturam’, matrimonio ilícito y simulación de sexo ‘contrario’. Nacida en la granadina Alhama, hija bastarda de una esclava morisca, fue bautizada y creció como mujer heterosexual. Sin embargo, desde el alumbramiento del hijo de su difunto esposo, afirma poseer un glande masculino, que ‘asomaba’ cuando se excitaba sexualmente. Así pues, se reconoce a sí mismx como ‘hermafrodito’ y se inicia una revolución que trastorna todas sus circunstancias vitales: abandona a su bebé, ‘comienza’ a experimentar deseo hacia las mujeres y, tras conseguir que un cirujano ‘liberase su pene por completo’, decide ataviarse, emplearse y vivir como hombre. Trabaja primero como sastre, luego como soldado -contra lxs moriscxs-, y finalmente como sangrador y cirujano. Mientras tanto, mantiene un romance con la hija de un mercader, y posteriormente, trasladadx a Madrid, pide a una mujer en matrimonio, consintiendo la familia de la misma. Pero el vicario alberga dudas acerca de su identidad sexual, así que cuando tres doctores se disponen a reconocer su conformación genital, valiéndose de sus conocimientos como cirujano, disimula su vagina y atribuye su extraña morfología a cicatrices de operaciones anteriores, de su invención, y relacionadas con problemas de ‘almorranas’. Ninguno de los médicos duda de su masculinidad anatómica. Sin embargo, durante los juicios a los que tiempo después se ve sometida, y pese a la insistencia de Céspedes – nombre que utiliza ahora- en ser un hombre cuyos genitales nunca padecieron problemas de salud ni le impidieron yacer con su esposa, relata que unos meses antes de su apresamiento comenzó a sentir molestias, que después su pene se ‘enmustió’, y finalmente lo perdió. Ante las sospechas de su evidentemente fraudulenta virilidad, es llamada para interrogatorio su cónyuge. Ésta, por una parte afirma, haber sido ‘desflorada’ y mantener asiduos encuentros sexuales -con penetración, suponemos- con su marido; por otra, alega haber escuchado habladurías de sus vecinxs, haber tratado de ver y tocar los genitales de su esposo sin que éste accediera, y encontrar frecuentemente manchas de sangre en su camisa, que él achacaba a otras dolencias. Finalmente, son llamados los doctores que antes de sus nupcias le reconocieron como varón. Tras una nueva exploración, su dictamen sostiene rotundamente que se hallan ante una fémina ‘completa’, con todos sus órganos, y atribuyen las transmutaciones de sexo -se niegan a reconocer que fueron engañados- al Maligno. Por sodomía, hechicería y/o fraude, Helena, ‘de nuevo mujer’, recibe doscientos latigazos y una condena de reclusión de diez años en un hospital para atender a lxs pobres -siendo trasladada de hospital varias veces por los escándalos de sus ‘curaciones milagrosas’, que el vulgo atribuye a su ‘magia’ de hermafrodita-.

Este caso tan sumamente interesante parece ser, pese a su antigüedad, mucho más claro que el de Reyes Carrasco y Huelva, muy posiblemente intersexual ‘de verdad’. Y es que, dadas las precarias expectativas vitales de Helena de Céspedes -en un contexto histórico en el que el sexo, la pureza de sangre y el estatus estamentario determinaban el éxito o la miseria-, decide apoyarse en la creencia médica de la época de que, a nivel genital, la mujer es un varón ‘invertido’. Esto significaba que algunos sucesos -partos, traumatismos, relaciones sexuales- podían hacer descender y exteriorizar los órganos internos, que ahora se revelaban semejantes a los masculinos: se creía que una mujer podía convertirse en varón. Siendo un hombre, pudo cultivarse intelectualmente, enriquecerse, gozar de autonomía y disfrutar de los privilegios reservados a ‘la otra mitad’ de la población,  incluyendo el acceso erótico a las mujeres. No obstante, que un hombre pudiese mutar en mujer no formaba parte del imaginario científico del momento, y ahí se descubrió su engaño: le es nuevamente impuesta la feminidad, pierde sus derechos, y su identidad se ve otra vez sometida a los vaivenes de sus experiencias, de las opiniones de quienes la  juzgan y examinan, y de los saberes y discursos de entidades más poderosas que ella. A pesar de su desdichado final, el caso es que a mediados del pasado milenio una mujer logró, como conseguirían Elisa y Marcela en el amanecer del siglo XX, hacerse pasar por hombre y casarse con otra mujer.

Pero retrocederemos más aún. En última instancia, quiero nombrar el no menos fascinante caso de Pedro Díaz y Muño Vandilaz, en este caso dos varones cuyo ‘enlace’ tuvo lugar en Rairiz de Veiga nada más y nada menos que en el año  1061. Ninguno de ellos fingió ser una mujer. La reseña[2] de Pablo Santiago sobre la obra del filólogo Carlos Callón, quien ha estudiado el tratamiento y entendimiento de la homosexualidad durante la Edad Media, habla de la pareja como el ‘primer matrimonio homosexual’ datado en Galicia -curiosamente, misma residencia de Elisa y Marcela- y uno de los primeros en Europa. Pudiera extrañarnos que tal ceremonia fuese permitida eclesiásticamente, pero Carlos Callón sostiene que la homofobia, como hoy la conocemos, no existía antes del siglo XI, y que además no fue la Iglesia la primera en condenar la sodomía, sino los poderes civiles -empleando, eso sí, argumentos religiosos-. En ello está de acuerdo el historiador estadounidense John Boswell, quien ya en 1980 investigó  la tolerancia cristiana y paleocristiana hacia la homosexualidad, desde la Roma imperial hasta la Alta Edad Media. Sus argumentos son recogidos en un artículo de Mauricio List Reyes[3], y de entre ellos destacaré que lo que en la antigüedad despertaba animadversión era, una vez más, no tanto el homoerotismo sino la confusión de género. El ‘afeminamiento’ o la ‘pasividad’ en los varones, especialmente que asumieran un papel receptivo durante sus prácticas sexuales, se consideraba indigno por ser propio de mujeres. Pero la creencia de que  los hombres que mantienen relaciones sexuales con otros son afeminados por fuerza no cristalizó hasta la Era Moderna, cuando la obsesión psicomédica por definir y controlar la sexualidad tomó lo que antes se consideraron prácticas sodomíticas pecaminosas, más o menos aisladas, y lo transformó en parte inseparable de una identidad homosexual asociada a la feminidad y al ‘hermafroditismo psíquico’ -la ‘inversión’ del género-.

Por otra parte, algunxs argumentan que la unión entre Pedro y Muño no se trató de un ‘matrimonio’ como tal, sino de una ‘adelphopoiesis’, es decir, un enlace de hermandad, una ‘boda de semejanza’, un rito habitual entre hombres -y menos frecuentemente, aunque posible, entre mujeres- que tenía lugar en las iglesias cristianas durante el Medioevo, especialmente del Mediterráneo oriental. El ya mencionado John Boswell es experto en la materia y publicó una obra sobre dicho tipo de ‘bodas’ en 1994. Estos ‘cónyuges’, a través de la liturgia, legitimaban el ‘parentesco ficticio’ que les unía, si bien no adquirían compromisos sexuales, al menos explícitos -tal y como sucedía con los ‘matrimonios bostonianos[4]‘ del siglo XIX-.  En base a ello, podríamos tildarles de ‘amigos’ únicamente; no obstante, John Boswell -a través de Mauricio List Reyes- nos recuerda que, en la Roma cristiana, los límites entre la amistad y el amor romántico eran más difusos que en nuestra actualidad -incluso el Antiguo Testamento, los mártires Sergio y Baco o San Agustín narran intensos amores entre amigxs del mismo género-. Sin embargo,  y obviando las ‘obligaciones de alcoba’, si atendemos al contrato matrimonial de Muño y Pedro -recabado por Carlos Callón, consultable en la reseña de Pablo Santiago ya citada-, comprobamos que las obligaciones y los derechos contraidxs mediante la ‘adelphopoiesis’ son equivalentes a los del matrimonio entre mujeres y hombres. Entre otras cosas, los dos amigos se comprometen a compartir sus bienes, a trabajar y cuidar del hogar por igual, a heredar uno del otro, hasta a mantener las mismas amistades y enemistades. A ello hay que sumar que lxs ‘cónyuges’ de una boda de semejanza solían ser enterradxs juntxs. ¿No parece una conclusión razonable que Pedro y Muño fueron, por anacrónico e impreciso que resulte el término, ‘amantes’? Aun llamándoles de otro modo, lo que parece evidente es que la institución del enlace de hermandad, al regularizar la convivencia entre dos varones que deseaban compartir sus futuros, hacía desaparecer lxs restricciones y controles que limitaban su potencial acceso (homo)erótico mutuo. Entendida de otro modo, la existencia de vínculos homosexuales era conocida en la época; ¿quién podría evitar que tuviesen lugar entre dos hombres legitimados para convivir?

Quizás estemos dejando volar demasiado nuestra imaginación… o quizás no. Y es que los cuatro retratos que hemos esbozado -Elisa y Marcela, Reyes, Helena, Muño y Pedro- tienen en común, cierto, representar biografías afectadas por normas y discursos que encorsetaron sus vivencias amatorias. Pero, también, nos hablan de personas, instituciones y relaciones sociales que, de formas originales y creativas, lucharon para acceder a lo que desde 2005 vivimos como un derecho en el estado español. Y es que, nos recuerda la -precisamente- monja Teresa de Forcades y Vila[5], a pesar de las presiones e imposiciones de nuestros contextos históricos, lxs seres humanxs conservamos siempre una mínima capacidad de maniobra que, si encuentra apoyo -aunque sea únicamente de otra persona, de unx amante-, puede incitarnos a actuar.

 

Salmacis Ávila

 Referencias

https://2.bp.blogspot.com/_07G9eR-FCuU/TPRwBq35oEI/AAAAAAAACwc/lbd2e8XpgCI/s1600/Ruth%2Band%2BNaomi%2BIllustrated%2BBible%2BHistory%2B1881.jpg

https://1.bp.blogspot.com/-KQ39E4DRqV0/T4cXGhMt_VI/AAAAAAAACwo/MpMSTYNTA9w/s1600/Adrien+Moreau+-+After+the+Wedding.jpg

http://gentlespirit.org/wp-content/uploads/2010/02/sergius_bacchus1-672×372.jpg

[1]          Vázquez García, Francisco y Moreno Mengíbar, Andrés (1997). Sexo y razón. Una genealogía de la moral sexual en España (siglos XVI-XX). Akal, Madrid, pp.191-196.

[2]          Consultada en http://www.monografias.com/trabajos89/cristianismo-y-homosexulaidad-medievo/cristianismo-y-homosexulaidad-medievo.shtml, a fecha 02/11/2016.

[3]          Reyes, Mauricio List (2003). John Boswell y la investigación histórica de la homosexualidad. En “Graffylia: Revista de la Facultad de Filosofía y Letras”, n.º 2, pp.143-150. Consultado en http://www.filosofia.buap.mx/Graffylia/2/143.pdf, a fecha 01/11/2016.

[4]          Platero Méndez , Raquel y Gómez Ceto, Emilio (2007). Herramientas para combatir el bullying homofóbico, Talasa, Madrid, p.53.

[5]          Forcades i Vila, Teresa (2013). “Prólogo”, en Coll-Planas, Gerard y Vidal, María (editorxs): Dibujando el género, Egales, Barcelona, pp.10-13.

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