
¿Qué tienen en común la clase trabajadora y el gregario en el ciclismo profesional? A simple vista, el ciclismo de carretera se presenta ante el espectador como una gesta heroica individual. Las cámaras enfocan al líder que cruza la meta, al escalador que corona el puerto o al velocista que estalla en un sprint final. Sin embargo, desde la sociología pública, nos vemos obligados a desplazar el foco. Si nos preguntamos quién sostiene realmente el peso de los grandes logros, tanto en la sociedad como en el deporte, la respuesta no está en el podio, sino en la sombra. Propongo una mirada que reivindica a quienes hacen posible el funcionamiento del mundo: la clase trabajadora y, en el ecosistema del pedal, los y las gregarios.
La sociología pública como herramienta de reflexión
La sociología pública tiene el reto de transformar la sociedad a partir de lo común y lo cotidiano. No debe quedarse en los despachos universitarios, sino salir a la calle —o a la carretera— para reivindicar a los trabajadores como piezas esenciales de la vida colectiva. El ciclismo profesional es una poderosa metáfora de las diferencias sociales: lo que los poderes fácticos quieren mostrar y lo que realmente subyace cuando analizamos la estructura de clases.
En este análisis surgen cuestiones transversales que no podemos ignorar: el género, la clase social, la etnia, la mercantilización de los cuerpos y las desigualdades globales. La defensa de la clase trabajadora es fundamental porque nada de lo que conocemos sería posible sin su esfuerzo. Como bien señala la sociología crítica, la riqueza no la genera el capital, sino los trabajadores. En el ciclismo, el gregario encarna esa labor silenciosa. Su función es heterogénea y sacrificada: desde suministrar alimentos y bebidas hasta proteger al líder del viento, disminuyendo su rozamiento para que llegue fresco al momento decisivo. Es, en esencia, la infraestructura humana del éxito ajeno.

El testimonio de la precariedad: El caso de Charly Wegelius
Para entender la complejidad de esta figura, resulta paradigmático el testimonio de Charly Wegelius. El ex ciclista británico nunca ganó una gran carrera ni subió a un podio de renombre; su carrera fue la de un gregario puro. En su libro Gregario (2013), ilustra la dureza del día a día y el escaso reconocimiento de su labor. Wegelius escribe: “Vivo con miedo… estoy cagado de miedo”.
Esta confesión rompe el mito del deportista de élite como un superhombre invulnerable. El miedo de Wegelius es el miedo del trabajador que sabe que su contrato depende de su utilidad inmediata, de su capacidad para sacrificarse por el sistema sin cuestionarlo. Al igual que en la sociedad general, el ciclismo está marcado por una desigualdad estructural donde el esfuerzo de muchos garantiza la vida digna y el reconocimiento de unos pocos. Aunque el sistema nos venda una realidad competitiva, hiperindividualista y meritocrática, la verdad es que este sistema desigual no podría sobrevivir sin las redes de solidaridad y apoyo mutuo que se tejen dentro del pelotón.
Estructuras de la modernidad tardía y mercantilización
El ciclismo profesional, como nuestra vida cotidiana, está atravesado por las tendencias de la modernidad tardía. La globalización ha desdibujado las fronteras del deporte, pero también ha intensificado la competencia. La individualización extrema trae consigo consecuencias emocionales y sociales profundas, como la ansiedad y la depresión, derivadas de la presión por el rendimiento constante.
A esto debemos sumar la aceleración de los ritmos de vida y la entrada masiva del Big Data. Hoy, el cuerpo del ciclista es un objeto mercantilizado y monitorizado hasta el último vatio. La búsqueda de la eficiencia tecnológica transforma los entrenamientos en procesos algorítmicos donde el factor humano parece secundario. Sin embargo, es precisamente en esa frontera donde el gregario resiste. A pesar de la tecnología, sigue siendo necesario que alguien ponga el pecho contra el viento.
En este contexto, los deportes refuerzan a menudo características psicosociales como el paternalismo, los arquetipos de dominio y la agresividad. El acceso al ciclismo profesional, históricamente, ha sido de baja consideración social, vinculado a las clases populares. Aquí, la familia —y especialmente el trabajo de cuidados, tradicionalmente feminizado— actúa como el soporte invisible que absorbe las emociones y el desgaste del profesional. La frontera entre lo amateur y lo profesional es difusa, y quienes apoyan desde fuera sufren las consecuencias de un sistema que exige una entrega total.
El habitus y la reproducción del rol
Desde una perspectiva sociológica, el habitus sitúa a cada integrante del equipo en una posición determinada. El ciclismo estructura la percepción del mundo y guía la acción de tal manera que los gregarios suelen reproducir su función sin cuestionarla. Han interiorizado que su destino es el sacrificio. Esta aceptación perpetúa los condicionantes que impiden otras formas de organización.
Los mass media contribuyen a este proceso alimentando la fama de héroes épicos. Generan una unidad entre el mito y la utopía que oculta las relaciones de producción. Así, la bicicleta ha ido perdiendo su símbolo original de clase obrera para someterse a los imperativos del consumo y las grandes marcas. No podemos separar los intereses económicos de la industria del ciclismo de la inequidad redistributiva que vemos en los salarios y premios.
¿Quiénes son los verdaderos vencedores?
El gregario es fundamental para que el sistema funcione. Existen incluso los llamados gregarios de lujo, ciclistas de gran calidad que asumen este rol por estrategia o jerarquía, demostrando que la posición de clase dentro del equipo no siempre depende del talento, sino de la estructura de poder. Los ciclistas están expuestos a la aleatoriedad: el clima, la salud, el agotamiento. En esa vulnerabilidad, el gregario es quien dota de recursos al líder, olvidando muchas veces su interés individual por el colectivo.
A lo largo de este recorrido, observamos cómo los poderes fácticos dominan el imaginario colectivo. Sin la clase trabajadora, la esencia del ciclismo —y de la sociedad— perdería su sentido. Es su esfuerzo el que sostiene el espectáculo, la economía y el simbolismo.
No podemos obviar que, además de la distinción de clase, persisten otras brechas. El género sigue siendo una asignatura pendiente en un deporte profundamente masculinizado donde las mujeres ciclistas enfrentan una precariedad aún mayor. La etnia, aunque en proceso de cambio, sigue reflejando un sesgo europeísta que ignora a menudo las realidades de la periferia global.
En conclusión, la sociedad de los gregarios es la sociedad en la que vivimos. Un sistema que brilla gracias al sudor de quienes no salen en la foto. Al final de la jornada, cuando las luces del podio se apagan, queda la certeza de que los verdaderos vencedores son pocos, pero el motor que mueve el mundo sigue siendo la inmensa mayoría silenciosa. Reivindicar la figura del gregario no es solo un ejercicio de justicia deportiva, sino una necesidad sociológica para entender que nuestra supervivencia depende, hoy más que nunca, de la solidaridad de clase y del reconocimiento de quienes, desde la sombra, nos permiten seguir avanzando.
Alejandro Acosta León
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