
“La verdad es más extraña que la ficción, pero es porque la ficción está obligada a ceñirse a lo posible; la verdad no.”
Mark Twain
Suiza, 1816. Lord Byron está viviendo en la Villa Diodati, a orillas del lago Lemán. El verano está siendo particularmente extraño, de hecho se han registrado nevadas tanto en Europa como en América del Norte. Aquellas clases acostumbradas a disfrutar de esta época del año no están pudiendo hacerlo. Ni qué decir tiene que para que se logre aquello de las vacaciones pagadas aún falta un rato y que la gran mayoría de la población, con esto de lo que estoy hablando, no pueden ni soñar.
Así se encuentran un grupo de amigos (de los que sí pueden disfrutar de este tipo de verano que este año no ha llegado); Lord Byron, John William Polidori (el médico personal del anterior), el poeta Percy Bysshe Shelley, y su esposa, Mary Shelley, tratando de pasar este verano tan de invierno del mejor modo posible.
Unos volcanes que despertaron y un sol dormido.
Las circunstancias que llevaron a que este grupo estuviera reunido se iniciaron dos años antes, en 1814. En este año, en Filipinas, el volcán Mayón despertaba. Esto no era nada comparado con lo que vendría en abril del año siguiente: en Indonesia, el monte Tambora reclamaba su parte de protagonismo y lograba el récord de ser la erupción más grande conocida en 1.300 años: se lanzaron a la atmósfera millones de toneladas de ceniza y aerosoles sulfatados provocando que parte de la radiación solar, quedara bloqueada durante meses. Así fue como se produjo lo que sería denominado la “Pequeña Edad de Hielo”: un enfriamiento que venía gestándose desde mediados del siglo XIV. Jonh D. Post, historiador, describió todo esto como “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental”.
Un mundo que agoniza
Esto, como podéis adivinar, tuvo consecuencias. No sólo las curiosas, como el hecho de que nevase en junio y julio, no sólo estéticas, como el hecho de que el cielo jugase con su cromatismo adquiriendo tonos rojizos y haciendo extraños con el crepúsculo. Podría decirse que el planeta parecía haberse apagado. Si no, además, bastante graves. Las heladas arruinaron las cosechas, no sólo había escasez de alimentos, sino que bienes de primera necesidad, como por ejemplo el pan, eran extraordinariamente caros. En Alemania, hubo migraciones campesinas que alteraron, de forma considerable el equilibrio productivo. En Reino Unido y Francia, sin ir más lejos, hubo una serie de disturbios conocidos como “los disturbios del pan”. La malnutrición provocó una serie de epidemias. Estas crisis alimentarias, más o menos globales, resultaron ser las primeras documentadas de la historia.
Si recordamos, en este momento, que la Revolución francesa fue iniciada con un volcán, en Islandia, poco me parece lo que pasó. Tal vez fuera porque el camino iniciado por esta todavía permanecía abierto.
El verano que no llegó a Suiza (ni a ningún otro sitio)
Dados estos precedentes, podemos comprender un poco mejor al grupo con el que iniciamos el relato. También podemos comprender el ambiente sombrío que pareció impregnar todo: Turner, sus cielos centelleantes y esas naves que tuvieron mejor vida. El encierro del romanticismo y el imaginario colectivo que parecía encaminarse hacia un apocalipsis contemporáneo, como si fuera esta la única manera en la que, simbólicamente, podríamos interpretar un cielo extraño.
Entre la lluvia, que no cesaba (como la de estos días en Madrid), y el ambiente (que no era precisamente un carnaval) decidieron leer una antología alemana de historias de fantasmas. Hecho esto, Byron retó a los demás a componer, cada uno, una historia de fantasmas. En este momento he de deciros que, si pretendéis escribir una novela que pase a la posterioridad, tal vez, lo ideal sería irse de vacaciones con los amigos, o con la familia (tal vez incluir al cuñado sea contraproducente), y empezar a crear historias entre todos; de un modo parecido (pero no tan apocalíptico) nació “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson. De hecho, como podéis ir adelantando, la propuesta de Byron fue un éxito rotundo. Es algo que siempre suele suceder con este tipo de iniciativas colectivas. A nosotros nos pasa en “Anthropologies” cuando vamos a sacar un nuevo número. De los cuatro, el único que tuvo en cuenta la propuesta de Byron fue Polidori (y uno tiene la sospecha de que lo hizo por aquello de que estaba contratado). Es más, que el cuento no lo escribió ni el propio Byron que era el que había hecho la propuesta. Un poco como Miguel Bosé que organiza manifestaciones a las que luego no va. Lo que os decía, un éxito de los gordos.
Un vampiro anda suelto
¿Sabéis qué? De los cuatro, Polidori, tal vez sea el que menos os suene, pero era mucho más que un “simple” doctor (como si lo pudiera ser cualquiera). Aunque ser médico de Lord Byron ya debería de haber sido considerado profesión de riesgo, también os digo. Su historia, no tenía nada que ver con vampiros ¿no os dije que era de fantasmas? Pero el que sí escribió un fragmento los días posteriores, sobre vampiros fue Lord Byron. Durante sus viajes por los Balcanes había oído historias sobre estos seres. Su médico, tomó buena cuenta de esto y, en 1819, publicó un relato llamado “El vampiro”. Con aquel relato no sólo nació el arquetipo del vampiro romántico que haría correr ríos de tinta hasta nuestros días, sino que sería el preámbulo de una novela que aparecería en 1897 y escrita por Bram Stoker, tal vez os suene: “Drácula” ¿recordáis por qué lugares viajaba Jonathan Harker al principio de la novela?
Polidori y Percy se ponen intensitos
Aquellos días el doctor y el poeta tenían un tema de conversación recurrente: dos tipos llamados Luigi Galvani y Erasmus Darwin (sí, en serio) estaban llevando a cabo una serie de investigaciones que versaban sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos ya inertes (esto mucho antes de la aparición de “Viagra”, tiene su mérito). Aquello sería conocido como “experimentos galvánicos”. Lo cierto es que la pobre Mary tenía el cielo ganado aguantando a Percy con el temita.
Y es que dos años antes, el 28 de diciembre de 2014, había acompañado a su esposo y a otro poeta bastante cansino, el lakista Robert Southey, a una conferencia de un científico, tan amateur como excéntrico, llamado Andrew Crosse al que le había dado también (oh, sorpresa), por experimentar con fiambres y electricidad. Este tipo afirmaba, entre otras lindezas, crear vida a partir de la electricidad, lo que él llamaba la “electro-cristalización” de la materia inanimada. En 1807, según él, claro está, había logrado crear pequeñas criaturas en forma de insectos que eeran capaces de andar.

No quisiera ser yo el que os quitase la ilusión de creer en esta maravilla de la ciencia, pero, unos años después, se llegó a la conclusión de que la esterilización de las muestras no era una práctica demasiado frecuente (y mucho menos conocida por un científico sin formación como lo era el propio Crosse) por lo que… es bastante probable que aquellos insectos que creara, no fueran sino la eclosión de los huevos que estaban depositados en su “materia inanimada”.
Si algo hay que reconocerle a Crosse, es la unanimidad que lograba hacia su persona: todos le odiaban. Ni qué decir tiene que la comunidad científica mostraba una clara oposición a sus preceptos, pero también la religiosa. Los estamentos eclesiásticos le consideraron un ser endemoniado. Tanto que Philip Smith, un reverendo que se ve, practicaba exorcismos, se puso a hacer lo propio en sus propiedades (Crosse se había retirado a una mansión en Fyne Court en soledad, viendo que no terminaba de caer demasiado bien), en sus equipos de trabajo, y en el propio “científico”. Crosse había logrado lo que dudo haya logrado nadie más: poner a la ciencia y a la religión en sintonía.
Brian Clough y un bicho verde
Hay una película que me encanta, se llama “The Damned United” (2009) y en ella se cuenta la fantástica historia de Brian Clough, el mítico entrenador del Nottingham Forest. La historia ya resulta del todo genial, épica. Pero tiene un pequeño problema. Clough pasó a la historia por ganar dos Copas de Europa con el humilde Nottingham Forest, y la película narra la historia de la vida de este entrenador y termina justo antes de que tome las riendas del equipo con el que pasaría a la historia. Imaginaos (y disculpad el “spoiler”, nada grave). Pues aquí sucede algo similar.
Recapitulemos: los volcanes empiezan a despertar, el sol se duerme, las cosechas se malogran, el cielo está en un perpetuo entre el rojo y el gris, hay hambrunas, tensiones sociales (bastante pocas, la cosa estaba como para liarla parda), cuatropijos se encierran a contar historias de fantasmas en una casa de Suiza, mientras pasa el verano mas invierno de la historia, y la única mujer de ese grupo (ella nunca lo dijo, que conste, pero se barrunta) estaba un poco hasta el mismísimo del frío, de los cielos grises, de los climas locos, de las hambrunas, de los ambientes apocalípticos, de los encierros, de las noches eternas, de los «señoros» turras, de los científicos flipados que se creían dioses.Pues ¿qué hizo? Escribir «Frankenstein o El moderno Prometeo»
El principio de los monstruos, el fin de la noche.
Ahora, tras escribir esto, a uno le viene a la mente los días aciagos del confinamiento y podemos afirmar, que los dos monstruos que moldearon, durante varias generaciones, el imaginario terrorífico infanti (hoy día no, que los niños estan insesibilizados y se reirían de la cara de estos dos), fueron creados en el mismo espacio, en los mismos días. Algo casi tan sorprendente como las circunstancias que lo rodearon. Es que no es moco de pavo, es como decir que Superman y Spiderman fueron creados en la misma sobremesa, en la misma cafetría, la misma tarde. Pues algo así.
Y mientras, nosotros recordaremos que hicimos bizcochos y nos hartamos de comprar papel higiénico.
Rubén Blasco
.