Todos hemos llevado alguna vez una máscara, ya sea de papel, de plástico o de palabras. La hemos llevado siendo niños y no tan niños; en carnavales, en una fiesta de disfraces, en una cita, en un encuentro familiar o en nuestro primer día de trabajo. Hay cientos de ocasiones para lucirla y miles de motivos para llevarla, pero lo que hemos de reconocer es que, hayan sido cinco minutos o toda una vida, en algún momento nos la hemos puesto. Por voluntad propia o porque sentíamos que no nos quedaba más remedio.

Para Erving Goffman, la interacción social tiene mucho que ver con el teatro. Tal y como explica en “La presentación de la persona en la vida cotidiana”, las diferentes esferas en las que nos movemos actúan como escenarios en los que representamos distintos papeles. Así pues, a lo largo del día nos ponemos diversas máscaras en función de los requerimientos de nuestra interpretación, una interpretación encaminada a la consecución de éxitos sociales. Ser un buen actor puede reportarnos muchos beneficios, mientras que si no representamos nuestro personaje de forma convincente, nos veremos apartados de las tablas.

Pensar en el individuo como un actor perpetuo nos lleva a preguntarnos cómo somos realmente. ¿Hay algún momento en el que el individuo se manifieste tal y como es? Efectivamente, lo hay: cuando se encuentra en el backstage, la persona puede quitarse la máscara y prepararse para la próxima obra. Pero, ¿hasta qué punto se desprende de los numerosos papeles que interpreta diariamente? ¿Cómo sabemos que estamos siendo nosotros mismos y no uno de nuestros personajes? ¿Puedo saber cómo soy yo realmente? Y, si es así, ¿de qué manera?

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Goffman considera que construimos nuestras máscaras a partir de los demás. Dependiendo de la situación en la que nos hallamos inmersos, modelamos nuestra careta. La retroalimentación es, por tanto, muy importante, ya que las impresiones que causamos, las opiniones que recogemos y en definitiva toda reacción provocada en los demás lleva a una definición del personaje que estamos interpretando.  Un buen disfraz puede causar infinidad de sensaciones, llegando a camuflarnos de tal forma que engañemos a nuestro público. A veces, no genera las reacciones que pretendíamos obtener, y por ello hemos de ser consecuentes a la hora de ponernos una máscara, pues no podremos controlar todos los factores y debemos ser conscientes de que las cosas podrían no salir como nos gustaría. Es vital hacer un papel convincente, coherente. Así, nuestro personaje se va formando gracias al otro. Y dado que nos pasamos la vida actuando… Nuestro conjunto de máscaras va constituyendo nuestro yo.

Si nuestro atrezzo, nutrido de opiniones ajenas, viene a ser nuestro yo, esto implica que nuestra identidad está conformada por las distintas interacciones sociales que tienen lugar en nuestro día a día. Llevando esto al extremo, podríamos decir que lejos de dejar de actuar, las impresiones que causamos son las que nos definen como individuos. Esto nos llevaría a pensar que no tenemos personalidad propia o que no podemos definirnos de manera totalmente autónoma, sin las voces de los seres humanos que nos rodean. Incluso podríamos decir que es la sociedad la que construye al individuo. O, al menos, su imagen. El peligro reside en perder de vista que si bien es cierto que nuestros congéneres tienen un gran poder a la hora de definir nuestra identidad, podemos reflexionar sobre los distintos conceptos que se ofrecen acerca de nosotros mismos y considerar si estamos de acuerdo con ellos o no. Es fácil suponer que si varias personas de distintos entornos en los que me muevo me definen de forma similar, la probabilidad de que yo acepte la idea que tienen de mí es muy alta porque consideraré que esa es la reacción que provoco en general. Así pues, a la hora de autodescribirme, seguramente recurra a las características que estas personas me han atribuido. Pero también puede darse el caso de que me describan de una determinada manera y que esta visión que se tiene de mí no sea compartida por muchos, por lo que puede causarme extrañamiento y/o quizá yo mismo no esté de acuerdo con ella.

En cualquier caso, sean varios individuos o uno solo los que me describan, como ser humano que soy, tengo a mi disposición una capacidad crítica que puedo aplicar sobre los conceptos que se ofrecen de mí y sobre mi propio ser; y aunque no pueda ignorar o suprimir la influencia de los demás en la construcción de mi yo a través de mis distintas máscaras, sí puedo reflexionar sobre ello.

Llegados a este punto, hay que reconocer la utilidad de la máscara como un instrumento de supervivencia social que está a nuestra entera disposición. Pero como todo instrumento, puede volverse contra nosotros. Concebirnos como actores que interpretan diferentes papeles en cada momento del día encierra el peligro de no saber separarnos de nuestros personajes. De olvidar que cuando no estamos ante el gran público podemos ponernos cómodos, lavarnos la cara y autopensarnos, hacernos preguntas sobre la información que hemos recogido acerca de nuestras interpretaciones. Reflexionar acerca de la imagen que hemos dado, tanto para concluir si hemos logrado lo que pretendíamos como para confirmar si es así como nos concebimos a nosotros mismos.  Sólo en esos momentos puedo saber si me veo más allá de cómo el otro me dice que soy… o si mis máscaras se han convertido en todo cuanto veo cuando me miro al espejo.

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María MJ

 

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