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Hacer trabajo de campo es vivir”

Juan Méndez

 

El pasado martes 21 de Octubre de 2014 cumplía años uno de los pacientes que acuden al centro de rehabilitación. Al día siguiente la madre de este paciente, que no solo es repostera ocasional si no que para colmo también es antropóloga, se presentó con unas magdalenas que había estado preparando el día anterior. Como ella misma me dijo al día siguiente ni siquiera la gustaban pero “participaba en su proceso creativo”.

El obsequio  venía presentado en dos cajas de cartón bastante vistosas; es decir a simple vista no estaban concebidas como mero receptáculo para portar el regalo si no que formaba parte de él, de su parte más estética. Cuando se abrían las cajas las magdalenas estaban perfectamente ordenadas por separaciones de cartón dispuestas verticalmente.

Si la caja ya entraba por los ojos que decir de las propias magdalenas, a las que en ningún momento llamaré muffins por simple gesto de rebeldía ante la invasión de anglicismos (o de americanismos). Estaban recubiertas con crema rosa con virutas de colorines, hasta el papel que las recubría por la parte inferior llamaba la atención.

Ya sólo al compararlas con las magdalenas tradicionales que preparaban las abuelas de antaño o que se elaboraban en pastelerías artesanales no tenían en común casi más que el nombre, o ya casi ni eso,  y es que la exportación del estilo de vida americano a través del comercio y sus productos, tal vez mal llamado globalización cuando se trata de una imposición silenciosa a través de los mercados – y casi invisible-, de hacer las cosas, ya no únicamente pretende cambiarlas de nombre sino también de esencia.

Alguien al verlas dijo inmediatamente: ¡parecen de Walt Disney! Y tal vez este sea el mejor epitafio de nuestros dulces tradicionales.

Lo siguiente que llamó la atención fue mi acto reflejo: estirar la mano de modo instintivo como si fuese la lengua de un camaleón (¡menuda pinta tienen, seguro que están deliciosas!), para después frenar en seco (¿en serio voy a devorar como si un fuese un cerdo dando mordiscos a una calabaza algo tan bonito?). El caso: vivimos en un mundo tan material, tan concreto en cuanto a lo físico, que fetichizamos de modo estético hasta lo que estamos a punto de morder.

¿De qué tipo de mercancía se trata? Lo primero, y tal vez mas importante por las consecuencias que de ello se derivan,  es que no se trata de algo obtenido a cambio de un trabajo directo, es decir; yo he hecho por ti X y tú has de darme Y. De este modo trataría de ejercerse un reparto, más o menos equitativo, en función de ello.

Sin embargo no se trata de eso, si no de una invitación tras un cumpleaños (una costumbre muy arraigada en nuestra cultura de invitar a las personas cercanas ante algún aniversario), por lo tanto se minimiza la posibilidad del reparto por mérito… ni que decir tiene que la guerra ha comenzado.

Las magdalenas (que no muffins) artesanales (aunque ni siquiera eso lo parezca) están repartidas en dos cajas, una con seis y la otra con doce.

magadalenos
La caja A, según el padre del paciente –y marido de la pastelera-antropóloga- que es el que las trae a las nueve de la mañana, son para “la tribu”, que es como me referiré a los trabajadores del centro y de la que no solo soy nativo si no de la que pretendo ser etnógrafo, mientras que la caja B es para repartir entre pacientes y/o familiares. Mientras que la caja B se queda en recepción más o menos accesible a todo el mundo, aunque controlada por la recepcionista,  la caja A queda algo mas escondida y comienza un peregrinaje por diversos lugares del edificio (recepción, gimnasio, sala de terapeutas…).

Cuanto menos el reparto ya es de entrada desigual teniendo en cuenta que el número de pacientes/familiares supera por más del doble al de trabajadores y sin embargo estos reciben de entrada el doble del obsequio y como se demostrará a continuación, ya será más.

Lo primero que sucede una vez depositada la mercancía es una visita a mi despacho: “cuidado con las que te comes, esta vez hay pocas y están contadas”, instantes después salgo del mismo y me topo con otra compañera “las magdalenas están contadas”, para toparme con otra mas, y para colmo también hermana, y volverme a reiterar de modo amable “hay pocas y están contadas”. Estas advertencias tal vez no dichas exactamente con estas palabras ni talante, y aún así mucho más benévolas de lo que me merezco dados mis antecedentes, indican que lo primera que se ha hecho ha sido controlar (¿vigilar?) al más previsible de producir un reparto desigual. Es decir, y aunque esté feo decirlo, a mí mismo.

 

Soy el primero, quien iba a ser si no, en atreverse a coger una  hacia las once de la mañana. Una vez abierta la veda coge otra compañera detrás de mí, y cinco minutos más tarde otra más. Otra compañera coge dos de la otra caja, una la guarda en su despacho que se come a media tarde compartida con una paciente pequeña, y la otra la guarda en el coche para dársela a su novio pero ahí queda olvidada. A la hora de la comida se comen como postre otras tres (no todos nos quedamos a comer), y otra más es repartida porque a la persona a la que le corresponde no le gusta el dulce (de esta cojo una porción).

Hasta este momento hay repartidas y distribuidas nueve magdalenas de dieciocho.

Por la tarde se le da otra magdalena a un paciente. Esto merece una explicación dadas las circunstancias en que se produce:

Este chico de 15 años afectado por parálisis cerebral, y que acude al centro desde hace unos cuatro años, es bastante querido no solo por el tiempo que lleva con nosotros si no por su propio carácter. Esa misma tarde ha de realizársele una prueba en la que por primera vez en todo este tiempo le oímos llorar, ni que decir tiene de qué modo nos afecta esto. Por lo que una vez terminada la prueba la recepcionista le lleva una magdalena.

Ese mismo día, hacia la hora del cierre la recepcionista coge seis de la caja de doce y las coloca en la caja de seis. Esta caja de magdalenas la lleva al hospital cuando va a ver a un bebé de unos amigos que ha sido operado, valga decir en su defensa que en ningún momento les oculta la procedencia de las mismas. Es así como la invitación por haber cumplido años se convierte en el regalo que se lleva al ir a ver a un niño al hospital, algo que podría asemejársele al paciente del caso anterior. De este lote tres son comidas allí inmediatamente pos los padres de la criatura y otra por la pareja de la recepcionista y el resto se quedan en la caja.

En este momento sobra una magdalena, que es llevada a la jefa que aún no ha comido ninguna. Esta magdalena sin embargo es puesta de nuevo en circulación guardándola en la nevera común, y que es repartida al día siguiente.

Si alguien se pusiera a echar cuentas notaría muy pronto que falta una magdalena. Esta magdalena, tras preguntar y preguntar nadie parece caer en la cuenta de que ha podido pasar con ella, la posibilidad de algún glotón silencioso es casi imposible porque el máximo sospechoso de hacer algo así es precisamente el que “está tratando de encontrarla”.

El informante privilegiado fue la recepcionista, la de las seis magdalenas en el hospital,  debido a que ocupa un puesto privilegiado tanto en el control de la mercancía (en el espacio que ella ocupa es donde se dejaron en un principio las magdalenas), en las personas que acceden a la misma, como también en cuanto a la información; no solo oye conversaciones de pacientes y sus familiares, sino que lleva nuestros horarios y en ocasiones es el nexo de unión entre “la tribu” y pacientes. Este triple control la ha llevado a ser la principal víctima de mis preguntas.

Y tras muchas vueltas, idas y venidas, resulta que la magdalena que faltaba y que no aparecía por ningún sitio fue la primera que había sido comida; al colocar el padre del paciente las magdalenas sobre la recepción le había dicho al padre de otra paciente que cogiera una y este lo hizo.

Y es que creímos controlar tanto el producto, que no nos corresponde sino como obsequio, que no habíamos tenido en cuenta que también podían coger (de hecho una de las cajas iba destinada a ellos, algo que no fue así) el resto de los usuarios del centro.

Hubo un instante en el que la mercancía aún no era controlada por los donados y aún estaba en manos del donador, presuponiendo un reparto justo, fue en este vacío de poder (sobre todo desde el punto de vista de “la tribu”) cuando se produjo semejante intromisión.

Rubén Blasco

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One thought on “Antropología de andar por casa: El caso de la magdalena desaparecida

  1. Ja ja ja. que curioso en mi curro paso tambien lo de las dos cajas , en este caso de donuts: la de dentro (dos para cada uno) y la de fuera: (uno para cada uno de los miembros de la tribu menos allegados)

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