¿Es nuestro idioma machista o lo somos nosotros? Ya con la formulación de la pregunta muchas personas podrían atacarme, ¿por qué nosotros y no nosotros y nosotras, o [email protected] o, siguiendo con la aberración lingüística, nosotres? Una explicación simple sería porque no es bueno confundir churras con merinas o el sexo con el género gramatical, pero hoy se me apetece extenderme un poquito más.

Vivimos en una sociedad machista, eso es innegable, en la que es indispensable un movimiento feminista en el que no se pierda de vista el objetivo real, la igualdad. Al hablar de miembros y miembras, de portavoces y portavozas, solo se consigue ridiculizar una necesidad urgente (además de que el Word me subraye en rojo estas palabras inventadas). ¿Por qué esa absurda obsesión por meter el morfema de género femenino donde no va y donde no hace falta que vaya?, ¿es que no aprendieron en las clases de lengua que el masculino es el género no marcado y que, por lo tanto, en él se incluyen ambos géneros?, ¿es que hay personas que no se sienten aludidas cuando se dicen frases como “buenos días a todos”?, ¿de verdad hace falta el todos y todas?, ¿qué hacemos entonces con la economía lingüística y el sentido común? Yo, mujer y feminista, me siento plenamente identificada cuando se utiliza el género no marcado para nombrar a una colectividad, no me visibiliza un morfema de género, me visibiliza una sociedad en la que hombres y mujeres tengan las mismas posibilidades, los mismos derechos y deberes. No siento un abrazo sororo cuando alguien dice jóvenas, más bien siento una mezcla de decepción y vergüenza (además de un puñetazo en el estómago). No, el morfema –a no es ninguna solución para combatir el machismo existente, ¿acaso nadie se ha parado a pensar que dos de las profesiones más estereotipadas sexualmente le dan la vuelta a esto?, y es que a nadie se le ocurre hablar de modelas y futbolistos, a nadie; sin embargo, el significante “modelo”, con su última y redonda o , nos evoca culturalmente a una mujer hermosa como significado, mientras que “futbolista”, con esa a al final, nos mete un gol por la escuadra, mientras nos imaginamos a un hombre.

No es sexista la lengua, lo somos sus hablantes; no se puede borrar de un plumazo la carga de la tradición heredada y, encima, cargarnos la gramática a base de aberraciones absurdas que solo hacen que nos centremos en la forma, olvidándonos por completo del fondo, de lo realmente importante. Sí, es cierto, hay términos que tienen una connotación peyorativa en femenino que no la tienen en masculino, como pasa con zorra; o la más que significativa diferencia semántica entre el hecho de decir que algo es un coñazo o que algo es la polla. Pero eso no es culpa de Andrés Bello, de Antonio Nebrija, de Coseriu, ni de la RAE, es culpa nuestra, de los hablantes, pues no dejamos de ser nosotros los que construyen la lengua que hablamos, reflejo de nuestra sociedad. Que no sea culpa nuestra, también, perder la batalla contra el machismo. Porque, a veces, el orden de los factores sí altera el valor del producto, primero hay que cambiar la sociedad, para que después cambie la lengua, fiel reflejo de aquella. Mientras tanto, sigamos en la lucha.

Sonia Martínez

Puedes seguirla a través de su perfil de twitter @soniavsainos

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