
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez”, a través de esta dialéctica formula literaria Dickens, en Historia de dos ciudades, parece preguntarse por qué cuando parece que tenemos la profundidad de conocimiento y el desarrollo tecnológico necesario para hacer la cosas bien, decidimos, en el momento menos oportuno, hundirnos en el fango. Muchos años después en Otoño (Nórdica Libros, 2020), comienzo de su magnífico cuarteto estacional, Ali Smith arranca homenajeando ese célebre primer pasaje de Dickens dándole un tono más desesperado y fatal: “Era el peor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Otra vez”. La novela de Smith discurre en torno al referéndum del brexit y nos muestra la mirada desencantada, irónica y dolida de unas mujeres que no acaban de creerse que sus vecinos y conciudadanos abandonen cualquier aspiración por ser mejores y cuyo empeño ideológico, político, personal y colectivo buscará conseguir que nadie lo sea. Ellas se arroparán con los pocos jirones de humanidad que tengan a mano y que aun no se han descompuesto para tirar hacia delante: la amistad, los recuerdos, el arte, la literatura… reponer fuerzas y, quién sabe, intentar hacer algo. Me pregunto si es casualidad que el único personaje masculino con el que el lector puede vincularse afectivamente sea un anciano que se pasa toda la novela dormido. Del último hombre bueno sólo cabe esperar recuerdos, sueños o un milagroso despertar.
Todo se está enrareciendo en ese espacio donde se articula lo privado con la sociabilidad más próxima, de la que no podemos huir, que debiera ser la más segura y que, por eso mismo, puede ser la más peligrosa. Hay algo roto en el encuentro de las palabras y las miradas. Una maldad vidriosa desafiante que da por descontado nuestra cobardía, neutralidad o indiferencia para ir un poco más allá. La podredumbre se extiende sobre el mejor de los tiempos, no hay dato contundente ni relato sugerente que lo sane. No podemos saber si ha sido antes el deterioro moral o el cognitivo, lo que sí sabemos es que se están comiendo el uno al otro. Creo que hay dos aspectos que están íntimamente relacionados entre sí, relativos a las tecnologías de la información y que si bien no explican lo que está sucediendo, sí que ayudan a comprender por qué sucede de esta manera. Uno tendría que ver con la propia naturaleza de estas tecnologías y otro con la manera en que nos las contamos: La simulación y su metáfora.

David Graeber en La utopía de las normas (Ariel, 2015) habla de la “decepción tecnológica” que ha supuesto el presente para cierta generación que vivió los logros de un desarrollo tecnológico exponencial (energía nuclear, ferrocarriles de alta velocidad, la carrera espacial, robótica y computadoras destinadas a dirigir todo estos avances), agravada por la proyección que desde las novelas y productos audiovisuales de ciencia ficción nos mostraban de manera espectacular lo que podíamos esperar, en formas mucho más modestas, del futuro. Pero no han llegado los viajes espaciales, ni los robots asistentes y tampoco el teletransporte. Como sostiene Sonia Contera en Seis problemas que la ciencia no puede responder (Arpa, 2025) la ciencia y la tecnología, que avanzan una sobre la otra, parecen haberse estancado. Graeber escribe: “Ellos creían que estaríamos haciendo todo esto ahora, en lugar de hallar nuevas y más sofisticadas maneras de simularlo” y apostilla que “el progreso tecnológico que hemos presenciado desde los setenta se ha dado en tecnologías de la información, es decir, en tecnologías de la simulación” (también reconoce el avance en biomedicina pero matiza que la mayor parte de estos logros son para curar enfermedades provocadas por el tipo de la sociedad de consumo). Gracias a los algoritmos y el cálculo de probabilidades, desde la decepcionante Realidad Virtual hasta llegar a los actuales modelos de lenguaje de la Inteligencia Artificial generativa, hemos llenado nuestras vidas de sofisticadas tecnologías destinadas a procurarnos desustanciadas ilusiones. Lo malo no es la simulación en sí, no hay problema mientras la referencia hacia lo simulado esté clara (el entrenamiento de pilotos es un claro ejemplo de su utilidad), el problema viene cuando existe esa emancipación de la simulación respecto a lo simulado y no referencia a nada más que a los fantasmas surgidos del delirio. Desde este punto de vista las llamadas fake news son mucho más que una manipulación instrumental, son el fundamento para la construcción de un nuevo “sentido común”. Las drogas son formas de simular felicidad, bienestar, extroversión, incluso experiencias místicas. Las redes sociales simulan atención y compañía; las inteligencias artificiales ingenio, memoria y conocimiento. La diferencia entre lo genuino y lo simulado es que lo primero siempre te acompaña, no puedes deshacerte de lo que has experimentado y conocido. En el peor momento siempre estarán, de alguna manera, los mejores momentos. Cuando estés perdido o confuso, todo lo que has aprendido, lo que sabes, emergerá a tu disposición para salvar o acompañar ese instante. No es algo que lleves, no es un almacén o biblioteca que consultar, eres tú mismo, de lo que estás hecho. Nunca un cálculo matricial presentado como lenguaje te va a sacar de la mierda ni a ayudarte a valorar tu vida. Por eso mientras que en la ficción casi siempre hay verdad, en la simulación no; y cuando la hay, por muy anclada que esté a la realidad simulada, está desabrida. Se han ido sustituyendo poco a poco genuinas experiencias sensoriales, intelectuales, sociales y culturales por simulaciones de las mismas. En la simulación se han acostumbrado al anonimato o a ser quien quieran imaginar, a negar lo obvio y a defender lo imposible, al sexo sin cuidado, a la emoción aséptica, a poder borrar las equivocaciones y a saberlo todo: han leído todo, visto todas las series y películas, tienen una opinión formada de cada una de ellas y si les obliga la coyuntura conocen el derecho canónico, son expertos en el sistema electoral estadounidense o en el protocolo de sucesión de la corona británica, aleccionan sobre la propagación de enfermedades infecciosas o sobre la evacuación de los habitantes de poblaciones isleñas tras una erupción volcánica… La simulación lo aguanta todo, no hay leyes físicas ni sociales que exijan coherencia o lógica alguna o que no puedan enmendarse por capricho, de un instante a otro, y sin consecuencias.

La manera en que se justifica este abandono a la simulación tiene mucho que ver con la ideología construida para explicarla. La metáfora es probablemente la principal herramienta de cognición que tiene el ser humano. La tecnología con su progreso nos provee de nuevas metáforas permitiendo que nos aproximemos desde otras perspectivas a realidades que ya conocíamos; algo muy útil pero también a menudo muy tonto y peligroso. Decimos que las computadoras tienen “memoria” aunque la manera en que las personas mostramos nuestros recuerdos no tenga nada que ver con la de un ordenador accediendo a su base de datos. Es una metáfora utilitaria, nada que objetar, lo malo es que no pasa mucho tiempo hasta que el proceso se invierte y empezamos a simplificar el comportamiento humano ajustándolo con metáforas informáticas. Para defender la metáfora de la inteligencia para los modelos probabilísticos de lenguaje llegan incluso a argumentar que si no sabemos a ciencia cierta cómo funciona, ni lo que es, la inteligencia humana ¿cómo podemos asegurar que estos modelos de lenguaje no son inteligentes? La respuesta es sencilla: por eso mismo. Si la inteligencia humana es el sistema más complejo y misterioso de los que conocemos en el universo y, por otro lado, sabemos perfectamente cómo funciona una IA generativa, porque la hemos fabricado nosotros, entonces es imposible que ni siquiera se acerque a ser algo lejanamente parecido. La IA no piensa, calcula. Sólo enmascara sus operaciones simulando ciertas funciones sintácticamente reconocibles a las que nosotros, que sí somos inteligentes, les damos significado. Los humanos somos malísimos calculando y los servidores creados para las IAs son las herramientas de cálculo cuantitativamente más potentes fabricadas por nuestros ingenieros. Las personas podemos entrenarlo, porque el cálculo se entrena, pero el mejor de los nuestros seguirá siendo una calamidad en comparación. La inteligencia humana no se entrena, se educa. Para aparentar mayor naturalidad en sus respuestas introducen operaciones matemáticas aleatorias buscando el espejismo de la originalidad, pero el azar en la vida humana no puede programarse, planificar el momento en que entra en nuestras vidas se llama lotería, la Diosa Fortuna no se deja adiestrar. Incluso diría que los programas de asistencia basados en modelos de lenguaje no buscan simular la inteligencia humana, se programan para aparentar ser una Inteligencia Artificial, porque ni siquiera son eso. El diálogo es un espejismo, no hay cognición, ni comprensión y mucho menos emoción y conocimiento. La diferencia respecto a la comunicación con humanos entre una IA y una calculadora escolar es únicamente cuantitativa. La simulación es casi lo contrario de la representación y está agusanando la humanidad. Representar ensancha lo humano y la simulación lo empobrece. Ya hay generaciones enteras que se han enculturado en una progresiva sustitución de su cognición somático-social por otra mediada por simulaciones. Sus lógicas demenciales e irresponsables se han escapado de la virtualidad para contaminarlo todo, desde los medios de comunicación tradicionales hasta las conversaciones de sobremesa. Encontraremos el camino para cambiar esto y no va a ser, pese a lo que se pueda pensar por el tono del artículo, a través de idealizaciones reaccionarias y una imposible vuelta al pasado. Hay que trabajar contando con estas tecnologías para que sean otra cosa, aunque me temo que de nuestro tiempo también se terminará diciendo que “era la primavera de la esperanza y era el invierno de la desesperación; tuvimos todo ante nosotros y no tuvimos nada”.
Pablo Martínez Tobía
Bluesky: @pablomt.bsky.social
Instagram: @pablomt6