Nos esforzamos en parecer progresistas y liberales con comentarios del tipo “tengo un montón de amigos gays”, como si eso fuera algo a agradecer, como dejando claro que somos capaces de tolerar la diferencia, aun reconociendo que lo es. Tenemos un largo camino por recorrer, y para ello es importante empezar a despertar de nuestro sueño biologicista y comenzar a plantearnos aspectos de nuestra identidad que creemos inmóviles, innatos, inmutables: normales.

Hay tantas cosas en las que nuestra cultura nos condiciona… tantas cosas que están ahí sin que nos demos cuenta… tantas cosas que nos vienen dadas y que somos incapaces de cuestionarnos… tantas cosas que simplemente “son así” y que nadie se ha preguntado por qué, que hemos pensado que nos tenemos que poner manos a la obra y empezar a desentrañar misterios.

Hoy queremos empezar a preguntarnos por el “heterocentrismo”. ¿Por qué al decir “pareja” la imagen que se le forma en su cabeza al 95% de la gente está compuesta por dos personas de distinto sexo/género? ¿Por qué los libros, artículos, manuales de terapia de pareja tienen un capítulo “especial” para todas aquellas opciones que no se componen de un hombre y una mujer? ¿Acaso la importancia de la comunicación o del respeto son exclusivas de las parejas heterosexuales?

Cabe mencionar que el término “heterosexismo” fue acuñado por André Gide en 1911 para referirse a la imposición social de la atracción hacia el “sexo/género opuesto” (en términos binarios, es decir, hombres/mujeres). Desde hace más de un siglo somos conscientes de que la sociedad nos impone conductas, y aún no le hemos dado la importancia que se merece. Han pasado 107 años y apenas se ha conseguido luchar contra las grandes ideas preconcebidas. ¿Será que estamos ante una parte del núcleo más duro del status quo?

En la actualidad disponemos de varios conceptos (similares e interdependientes) que nos ayudan a comprender, con mayor amplitud, el profundo calado de esta cuestión. Lo que el “heterosexismo” implica, nos dicen Lucas Platero Méndez y Emilio Gómez Ceto (2007, p.220) [1], es que la heterosexualidad goza de un status superior al del resto de orientaciones del deseo afectivosexual, una ventaja en su legitimación social, que se materializa en todas las esferas. En consecuencia, las otras expresiones eróticas, o bien se desaprueban, o bien se invisibilizan.

¿Cómo se desaprueban? Por ejemplo, “ser hetero” o “parecer hetero” nunca nos ha dificultado acceder a un puesto de trabajo relacionado con la educación o con la salud, ni ha impedido que las familias que formamos reciban reconocimiento y cobertura legal, ni nos ha hecho aparecer en los manuales de trastornos mentales, ni resultar insultadxs o agredidxs por manifestar nuestro deseo en público, ni ser objeto de persecución o privación de derechos por el Estado o sus “fuerzas de seguridad”, ni convertirnos en fuente de deshonra y vergüenza para nuestras familias de origen.

¿Cómo se invisibilizan? Una forma común de hacerlo es mediante el “heterocentrismo”, es decir, tomando las relaciones heterosexuales como referencia a través de la que entender y dar sentido a la sexualidad y la afectividad en general. El pensamiento heterocéntrico pasa por alto que los otros tipos de deseo tienen entidad propia y diferenciada; en lugar de ello, intenta entenderlos forzándolos a encajar en la lógica heterosexual, y como es imposible que tengan una cabida perfecta en dicha lógica, se convierten en sexualidades deficitarias, incompletas, imperfectas. Por eso a ciertas personas les cuesta creer, por ejemplo, que dos mujeres cisexuales puedan tener una experiencia sexual satisfactoria sin un pene. O en todo caso, dan por obvio que usan juguetes sexuales fálicos, en un intento por sustituir al pene, porque como en la sexualidad hetero debe haber un pene penetrante implicado, es imposible que en cualquier otra sexualidad no se necesite un pene (lo cual es otra falacia, incluso en la sexualidad hetero: la del coitocentrismo, es decir, que lo importante es penetrar, y lo demás, juegos o preliminares). Por esa misma regla existe la creencia de que la sexualidad entre dos hombres tiene como culminación la penetración anal, como sustituta de la vaginal: la cuestión es que debe haber penetradorxs y penetradxs. El ejemplo más típico de heterocentrismo en el campo de la sexualidad, es considerar que en las relaciones entre personas del mismo sexo/género hay siempre una persona más masculina y otra más femenina, para que la pareja se compense (y se com-penetre).

Otra forma habitual de invisibilización que nos señalan Lucas Platero Méndez y Emilio Gómez Ceto es lo que, en 1980, Adrienne Rich llamó “heterosexualidad obligatoria”, para explicar que la heterosexualidad es una norma social tan dominante que, de partida, no podemos eludirla, o sea, no podemos no escogerla. Encontramos el reflejo de ello en el fenómeno, en ocasiones casi ritualizado, de la “salida del armario”: el momento en el que hay que confesar/aclarar/defender que no somos heterosexuales, aunque la mayoría de personas lo crea de la mayoría de personas. Es decir, la inercia de nuestros pensamientos nos lleva a creer que, de no ofrecer señales que otrxs puedan interpretar como “sospechas de homosexualidad”, todxs “somos heteros”. ¿Por qué seguimos viviendo en un mundo en el que asumimos que todo el mundo es heterosexual hasta que se demuestre lo contrario? Por todo lo anterior, hablar de heterosexualidad pasa necesariamente por hablar de “heteronorma” o “heteronormatividad”. Esta noción alberga un doble sentido.

Primero, que la heterosexualidad es “la norma”, es decir, la regla dominante en nuestra sociedad. En nuestra historia reciente encontramos múltiples ejemplos del tratamiento que han recibido las personas no heterosexuales, que (sospechosamente) se asemeja bastante al que reciben quienes incumplen las normas y leyes: ser tratadxs como enfermxs a quienes hay que rehabilitar (hoy día siguen llevándose a cabo tanto terapias de conversión de hombres gays como violaciones correctivas a mujeres lesbianas), como criminales a quienes hay que sancionar (las detenciones en Egipto por ondear banderas arcoíris en conciertos o las leyes antipropaganda gay en Rusia), o como traidorxs a quienes es legítimo herir y/o eliminar (los actuales campos de concentración en Chechenia o nuestras víctimas mortales de bullying lgtbfóbico).

Y segundo, que la heterosexualidad es “lo normal”, o sea, lo mayoritario. Aquí se abre un debate con muchas aristas. Para empezar, la prevalencia estadística de la homosexualidad (es decir, estimar su cantidad) se basa en la disposición de las personas a reconocer que practican y/o fantasean con relaciones homoeróticas; pero, en un mundo como el que habitamos (repasemos: heterosexista, heterocéntrico, obligatoriamente heterosexual, y heteronormativo), ¿de verdad creemos que las personas que sienten atracción hacia el “mismo sexo/género” son únicamente quienes la admiten?

Para continuar, determinar la orientación afectiva y sexual de alguien es un ejercicio de etiquetaje, y las etiquetas son limitadas, tal y como sostiene Teresa Forcades i Vila (en Coll-Planas y Vidal, 2013, p.11) [2], porque la sexualidad es una dimensión de nuestras vidas que cambia con el tiempo y que tiene muchas dimensiones (lo que hacemos, lo que sentimos, lo que pensamos, lo que escondemos, lo que soñamos…), y difícilmente todas las personas que se identifican con la categoría de “hetero” lo han sido estrictamente, siempre, y a todos los niveles. Lejos de la idea generalizada, las personas, desde su edad fetal, no están determinadas sexualmente. Según David Córdoba García (2007, p.28) [3], desde Sigmund Freud, diversxs pensadorxs sostienen que todas las personas en gestación son potencialmente bisexuales, y que es la sociedad la que con su mano invisible mueve los hilos de las sexualidades. Pero en esto la cosa no está muy clara: algunxs autorxs apuntan a causas hormonales, otrxs ambientales y muchxs psicológicas. Sea cual fuere la causa de las inclinaciones sexuales, la situación de dominación heterosexual es el hecho constatable que, en nuestra opinión, sí que merece un análisis.

Y para finalizar, hablar de lo que la mayoría de lxs seres humanxs tiende a hacer (al parecer, independientemente de su cultura, época y lugar), en ocasiones nos lleva a alcanzar conclusiones acerca delx ser humanx como especie, y que creemos poder generalizar. Sabemos que muchxs de los que nos estáis leyendo vais a recurrir al argumento biologicista, a saber: la naturaleza nos ha hecho predominantemente heterosexuales porque es una forma de asegurar la reproducción y por lo tanto la pervivencia de la especie, pero ¿no estamos ya en el siglo XXI?

Por un lado, el desarrollo tecnológico siempre ha dado lugar a cambios en las pautas sociales, adaptando los nuevos descubrimientos a nuestras aspiraciones y necesidades, dándonos más y nuevas opciones, habilitándonos con herramientas para edificar nuestras utopías. Y,¿acaso seguimos construyendo edificios basándonos en la esclavitud?

Pero, aunque los avances técnicos puedan ponerse al servicio de las libertades y derechos humanos, en el caso de las inclinaciones sexuales esto no ha ocurrido (al menos de forma generalizada y consensuada), quizá porque sea uno de esos temas tan arraigados en nosotrxs mismxs que los hemos tomado por naturales. Por mucho que la tecnología de la reproducción ha dado pasos de gigante (a pesar de nuestros prejuicios y cuestionamientos morales), acceder a ella sigue siendo una posibilidad remota y costosa para la mayoría de personas (de cualquier sexualidad, aunque con mayor repercusión en las parejas del “mismo sexo/género”), y tener descendencia sigue utilizándose como baluarte de defensa de que la heterosexualidad es lo normal, lo innato, lo esencial, lo adaptativo, lo evolutivo.

Por otro lado, como ya hemos señalado, continuamos en la idea de que lo “natural” es la atracción hacia el “sexo/género contrario”, y todo lo demás son las “desviaciones antinaturales”. Entonces, ¿por qué los animales tienen comportamientos no-heterosexuales? ¿No iría eso contra la lógica natural? ¿Cómo han sido capaces los monos de reproducirse de una manera exponencial si la homosexualidad entra dentro de sus relaciones cotidianas? Diferentes especies animales (mamíferos, aves, reptiles…) interactúan sexualmente dentro de su mismo sexo/género, sin afectar a la perpetuación o la pervivencia del grupo. Tampoco se conocen casos de grupos humanos en los que su mayor permisividad hacia los contactos homoeróticos haya entrado en competencia con la reproducción. Podemos dar algunos argumentos.

Para empezar, la antropología del parentesco nos enseña que los conceptos de “familia”, “progenie” o “descendencia” son creativos, no se limitan a “tener la misma sangre”, y comprenden múltiples formas, metafóricas y literales, de “dejar nuestra semilla en el mundo” (por ejemplo, la acogida y la adopción han existido siempre, en diversas formas, o por ejemplo, algunos grupos humanos entienden que lxs hijxs no lo son solamente de sus progenitorxs, sino del clan). Para continuar, la homosexualidad no es necesariamente la forma exclusiva en que una persona interactúa sexualmente (¿alguien recuerda que existe la bisexualidad, o que no siempre las personas que tienen hijxs tienen que ser una pareja y atraerse sexualmente?). Y por último, aceptar las sexualidades diversas en igualdad no conlleva imponerlas ni hacerlas extensivas (otra obviedad: nadie quiere crear un mundo únicamente lesbogay, simplemente podemos coexistir, reconocernos y convivir). Así que dejemos de temer (como hacen nuestrxs “amigxs” de Hazte Oír [4]) el complot de “la ideología de género”, porque lxs “terroristas del género” que mencionaba Del La Grace Volcano [5] no buscan instaurar una “dictadura gay” (que nunca han existido, como sí han existido los regímenes homófobos), sino resistir las imposiciones de la cisheteronorma, una de las cuales es el heterosexismo. Por cierto: ¡tenemos un montón de amigos heteros!

Azalí Macías

Salmacis Ávila

Referencias

[1] Platero Méndez, Raquel y Gómez Ceto, Emilio (2007). Herramientas para combatir el bullying homofóbico, Ed. Talasa, Madrid

[2] Coll-Planas, Gerard y Vidal, María (2013). Dibujando el género, Ed. Egales, Barcelona

[3] Córdoba García, David (2007). “Teoría queer: reflexiones sobre sexo, sexualidad e identidad”, en Córdoba, David; Sáez, Javier y Vidarte, Paco (editores): Teoría Queer. Políticas Bolleras, Maricas, Trans, Mestizas, Ed. Egales, Madrid.

[4] Consultar http://www.anthropologies.es/bus-transfobico/

[5] Consultar http://www.anthropologies.es/arte-y-disidencia-crudeza-y-belleza-hermaphrodite-torso/

sinetiquetas.org/author/sinetiquetas/page/93/

culturainquieta.com/es/lifestyle/item/11848-esta-imagen-de-putin-ha-sido-declarada-ilegal-en-rusia-por-favor-no-lo-compartais-a-tope-os-lo-rogamos.html

sinetiquetas.org/tag/arte-gay/ 

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1 thought on “¿Es la heterosexualidad una imposición natural?

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