Michelle

Decidido entonces, solventados a medias los asuntos de conciencia, pensé que cuanto antes comenzara, mejor; que la juventud se va, y la magia es puro cuento.

¿Dónde podría comenzar mi búsqueda? Noté cómo tantos años con Loli me habían alejado sutilmente de la costumbre de saber, y me quedaba recordar. Tenía muy claro que era lo que no quería, que era una simple caza. Así descarté discotecas, profesionales de la cama, y el metro. También descarté las tímidas de cualquier procedencia, que necesitan estimularse con alcohol o con drogas, porque me negarían el esfuerzo de escalar hasta ellas. Pensé que tal vez podría contar con la ayuda, al menos indirecta, de antiguas amigas. Aquellas amigas que lo fueron en la adolescencia, y que por una u otra causa, la suya particular e ineludible cada una, coincidieron en el grupo de las que pudo haber pasado pero no pasó. Después de un rato de contar y sumar, resultaron ser muchas, demasiadas para la visión de adulto que ahora tenía, y para la nueva que me había dejado mi tarde con Rebeca. Pero de todos los nombres que aparecieron, el primero fue el de Laura.

Hacía tiempo que no me acordaba de Laura. La conocí en el colegio, en la secundaria, ella cursaba un año inferior al mío. Era en los recreos largos cuando nos encontrábamos, y como nos fuimos conociendo. Después, seguimos viéndonos cada tanto. Pero cuando yo la incluí entre mis posibles objetivos sexuales, ella se me había adelantado incluyéndome entre sus confidentes, peor aún, dándome la exclusividad. Por entonces no sabía que el segundo cargo me inhibía irremediablemente del primero. Sólo una vez le insinué mi deseo, crecido por el tiempo y por la duda, por los signos a mi favor y los opuestos. La resignación fue lo que me sacó de aquel mareo de idas y vueltas, de posibilidades truncas.

Pero la resignación humana suele tener una fecha de caducidad, y la oportunidad me hizo querer verificarla.

Volví a hablar con personas con las que no quería hablar, que me dijeron lo que no quería oír. Por buscarla rompí promesas, y ella me lo pagó habiéndose ido del país. Muchos años llevaba fuera, exiliada cultural, había estado viviendo en Francia hasta tres años y medio antes según dijeron mis informantes, envidiosos de mi incipiente fama de pianista, de donde se había ido, sin rumbo conocido por ellos. Inútil el contacto de los comunes alguna vez amigos, busqué la manera de ver a su familia. No fui capaz. El único dato que logré fue una dirección de la ciudad de Toulouse, del piso donde había vivido, que acepté por no darme por vencido ante aquellos indeseables. Ni siquiera lo asocié a la gira que comenzaba la semana siguiente, y que marcó el fin de la búsqueda de datos sobre Laura, por escasez de tiempo.

No iba a actuar en Toulouse, y por eso supe que no necesitaría esa dirección. Iba a presentarme en Nimes y Lyon, en Francia, en Budapest, y terminaría en Reisenburg, Alemania. En cada lugar compartiría la velada con un músico local, que la abriría, sin interpretar ninguno de los autores que yo interpretaría. Hasta la tarde anterior a viajar, intenté encontrar noticias de Laura; sólo me llevé la dirección que había conseguido, sin más fe.

El avión decoló puntual, de la misma manera que comenzó el concierto que inauguraba la gira. El primer músico que me introdujo fue un violinista francés, algo afectado, al que parecía molestarle actuar antes de mí. No era la primera presentación que hacía fuera del país, y llevaba en la espalda el cansancio del viaje, de manera que di un concierto técnico en lugar de emotivo. Tuvo buena recepción del público.

En el coche que me llevaba a Lyon me notificó Phillippe, el coordinador de la gira mientras estuviera en Francia, que por problemas de programación debía postergar la fecha del concierto de Budapest, que se haría después de Alemania. Los problemas de programación esconden los tipos más variados de problemas, entre ellos la cantidad de entradas vendidas; sin embargo agradecí íntimamente el cambio, pues no sólo me ahorraba tiempo de viaje, al hacerlo más lineal, sino que además me daba tres días de libertad desde Lyon hasta el concierto en Reisenburg.

Con los tres días libres imprevistos quise precipitarme en el turismo intensivo, desde la misma mañana siguiente al concierto, pero no pude. La curiosidad acudió una vez más. Lyon es una ciudad interesante y cuidada, pero en ella no había vivido Laura.

Me escapé del coordinador francés de la gira, un profesor de educación física metido a relaciones públicas, que no era de la opinión de darme la libertad por esos días. Lo cité con malicia en el hotel una hora más tarde de la que pensaba salir. Cuando llegó, lo calculé después, mi avión estaba descendiendo pronunciadamente hacia el aeropuerto de Toulouse-Balgnac.

La ciudad era de ladrillo viejo. Uno junto a otro, los edificios bajos le regalaban al paisaje su color terroso y antiguo. Desde las calles del centro de la ciudad organicé mi día, que iba a dedicar íntegramente a la búsqueda de Laura. No era ya el descabellado proyecto musical lo que me impulsaba, sino el deseo creciente y sincero de saber de ella, sin motivación ni perjuicio de la posibilidad sexual.

Compré un plano de la ciudad en un puesto de revistas de la Place du Capitole. Pobre como era de francés, quería moverme sin preguntar a nadie para evitarme la incomodidad de la conciencia de ignorancia. Otra cosa sería luego, si encontrara alguien que la conociera, para comunicarme. No era esa mi inmediata preocupación. Según la información que tenía, que ahora se me hacía poco fiable, Laura había vivido el tiempo que pasó en Toulouse en la rue de la Balance. Tan poco fiable me resultaba la información, que descreí que se hubiera ido de la ciudad, y admití que podría encontrarla ahí mismo. Crucé una avenida arbolada y curva, y me interné en la calle que buscaba. El número doce era un portal de madera, con un llamador de bronce que utilicé dos veces, hasta reparar en el portero eléctrico. Nadie atendió a mi primera llamada. Salió del edificio una mujer joven.

  • Excuse-moi –le dije, alcanzando el límite de mis conocimientos del francés. La miraba en blanco, mirando la nada que ocupaba mi mente.
  • Oui?
  • Ici, une femme…-y señalaba hacia las ventanas a la calle de los pisos superiores. Ella se apiadó.
  • English?
  • No, no, por favor, no english!
  • Español –supo ella, sentenciando el idioma en el que nos comunicaríamos en adelante. Era una mujer algo gruesa y con rasgos pronunciados, el pelo oscuro cortado el línea recta a la altura de la nuca.
  • Hablás español?
  • Oui, sí –me tranquilizó-, tú lo hablas?

El acento francés le quedaba muy gracioso, y le perdoné el exceso de confianza de la ironía.

  • Oui, sí. Quizá me puedas ayudar, estoy buscando a una mujer.
  • Bueno, tal vez sea un poco precipitado, no lo sé…
  • No, no me malentiendas, por favor –la aclaración era innecesaria-, estoy buscando una mujer que vivió en este edificio – y le señalé el edificio.
  • Oh, quelle peine!
  • Hace unos tres años, es flaca, rubia y pintora, tiene mi edad, más o menos.
  • Ah, si, y tú qué edad tienes?

Me pareció que responder con la verdad a su pregunta me alejaría de la remotísima posibilidad sexual que siempre está presente entre un hombre y una mujer. Hablé con gravedad.

  • Cuarenta y dos.
  • Cuarenta y dos? Pareces mucho más joven. Y vienes desde lejos?
  • Sí, vengo desde lejos.
  • Y a los cuarenta y dos años sigues corriendo detrás de mujeres?
  • Bueno –me planté, algo molesto ya por su actitud-, conocés alguna mujer así, o no.
  • Puede ser, pero no te enojés –dijo sin perder su acento-, ¿cómo se llama esa mujer?
  • Laura –le dije, y algo me había sonado fuera de lugar.
  • Sí, vivía una Laura más o menos cómo describes, pero se fue hace dos o tres años.

Recosté mi victoria derrotada contra la pared, y habré cambiado de semblante, porque ella preguntó:

  • Tanto te importa Laura?

No le respondí. Ni siquiera la miré para girar sobre mis pies y volver al aeropuerto y a la razón. Me había alejado apenas unos pasos cuando, sin moverse del lugar, ella me dijo:

  • Laura y yo compartíamos piso.

Volví a girar, y la miré.

  • No te creo una palabra.
  • No me creas –dijo, desafiante.
  • Bueno, chau.
  • Tiene un lunar azul en el hombro derecho.

Me detuve donde estaba, pero esta vez no me giré. Le pregunté de espaldas:

  • ¿Qué más?
  • Adora los caballos.
  • Eso todas las mujeres. ¿Y?
  • Y además los pinta, y no usa perfume, y también le gusta Vivaldi porque le saca las dudas.
  • Eso decía siempre –me dije en voz baja, para que la chica no me oyera-. ¿De verdad la conocés?
  • Ya te dije, vivimos juntas algún tiempo. Ahora tengo que salir, pero si quieres, dentro de dos horas te enseño el lugar donde vivió.

Entre aceptar y convertirme en una especie de mitómano, no había medio paso, pero suelo no luchar con las tentaciones, si sé de antemano que voy a perder.

  • Dentro de dos horas y quince minutos te toco el timbre.
  • Tal vez te espere en la puerta –dijo, y empezó a caminar hacia la avenida. Enseguida se detuvo, regresó, me tendió la mano a manera de saludo.
  • Michelle, encantada.

Y se fue sin darme tiempo a mi mitad de la presentación.

La miré alejarse con un movimiento de péndulo en su manera de caminar que me recordó la recopilación que estaba realizando. Michelle entraba holgadamente en los cánones que me había propuesto desde el inicio. Tardé menos de un instante en aceptarla. Otro tema sería, claro, que ella lo hiciera. Aproveché el tiempo pactado entre los encuentros para llamar a Dolores con mi mejor sonrisa, caminar por las calles cercanas, y tomarme una cerveza que me desinhibiera. Al menos el primer escalón, siempre el más difícil para mí.

La mayor parte de las dos horas las pasé en un restaurante, que estaba a la vuelta de la casa, donde hice cálculos de horas, de tácticas y de cervezas. Dos no es un número excesivo para mí. Pero suelo notarlas, y no conté más que hasta dos. Pensé que tenía que ser diligente, si quería llegar al último avión que salía para Lyon tendría que no demorarme, o salir corriendo en la hora límite, que establecí.

Desde la ventana del restaurante, vi llegar a Michelle en un coche negro, y despedirse con un beso de un chico joven, sin afeitar. Hizo que estacionara sobre el bulevar, justo frente a mi ventana, sin entrar en su calle, y allí se bajó. El coche negro arrancó de golpe. Ni uno ni otra se miraron dejarse. Le miré sin disimulo el andar hasta que la esquina se la tragó. Faltaban cinco minutos para las cuatro, la hora que nos habíamos dicho.

Quise cumplir mi palabra, esperar hasta que fueran y cuarto, y lo habría hecho de no ser por esa impaciencia que no saben quitarme los años. Volví a usar el llamador, no sabía si antes no había sido efectivo. Un chirrido metálico y eléctrico me invitó a pasar.

El edificio era amplio y sombrío, ocupaba la planta baja un patio con un limonero y una enredadera. A la izquierda, una escalera de hierro y mármol ofrecía la única posibilidad de progresar. Subí hasta el segundo piso y encontré entornada la puerta que correspondía a la dirección que me habían dado. No era tanto como creía mi informante. Di con los nudillos un golpe suave de cortesía y entré, cerrando la puerta a mi espalda.

Por un pasillo largo llegaba una música desde lejos, una música con aires africanos que convenía con la decoración. En una de las paredes del pasillo, una especie de alfombra de lana de colores vivos, probablemente de Senegal, era la primera noticia de un estilo personal que, al llegar al comedor, incluía el aroma de un sahumerio indio. Ella acomodaba unos discos de espaldas a mi llegada.

  • Pasa, s’il vous plaît, ponte cómodo.
  • Hola, llegué puntual –dije, y a Michelle ya no le interesaba el reloj.
  • Supongo que sí, ¿quieres beber? Tengo vino, cerveza…
  • Nada, muchas gracias.
  • Vamos, anímate. Bueno, yo sí que voy a servirme algo.

Aproveché el tiempo que estuvo en la cocina para mirar la sala. Tenía un libro en francés de ideas básicas de Feng Shui sobre una suerte de tambores africanos, había otro instrumento musical que no conocía colgado en la pared, y una manta de algodón blanco extendida sobre el sofá. Resultaba extrañamente armónico. Para completarlo, Michelle entró con un vestido de colores holgado, y una copa de vino tinto en cada mano. Desde la ventana de veían algunos techos de la ciudad.

  • Toma, vino rojo, ¿te gusta? –me tendió la copa, con el gesto de querer escapar de una contrariedad que no era yo. Acepté el vino sin rechistar.
  • Gracias; está lindo el departamento.
  • Sí, es un poco pequeño, pero está bien. ¿qué haces en Toulouse? ¿Has venido a buscar a Laura?
  • No, bueno, sí. En realidad estaba en Lyon, tuve unos días libres, y me vine.
  • Ah, sí? ¿Y qué haces?

Las preguntas eran directas, y en cierto modo no me molestaba su desparpajo, al fin y al cabo había dejado entrar en su casa a un extraño, y la amparaba mi curiosidad.

  • Toco el piano –respondí –estoy de gira.
  • Eres el pianista –dijo, como quien rellena una casilla que le quedaba vacía.
  • Bueno, sí. ¿Hace mucho que Laura se fue?
  • Un año y tres meses, ahora vive en un pueblito cerca de París. Tengo el teléfono.
  • ¿En serio? Anótamelo, por favor.
  • Ya veremos. Ven, que te enseño donde dormía.

Sería costumbre en Francia o no, pero me despertó cuando me tomó de la mano. Me llevó por el pasillo hasta una puerta que abrió, quedándose en el vano. Me invitó a pasar con un gesto, y provocó distraídamente el roce entre nosotros cuando lo hice. Se quedó detrás de mí.

  • Mira, aquí dormía Laura, aún quedan algunas de sus cosas en los estantes.

Dejé la copa casi vacía sobre el borde de una estantería de caoba y busqué por la habitación con la mirada, nada en particular. Laura se había dejado en el traslado las cosas más pesadas, las más voluminosas, y las menos urgentes, que se quedaron en el mismo sitio, como si estuvieran preparadas para recibirla de vuelta. Estaría segura de que podía contar con poder encontrarlas después de algún tiempo.

Michelle se estiró por delante de mí para recoger la copa, y me rozó otra vez, ésta con la alevosía de distraer mi atención de las cosas de Laura con la realidad inmediata del nacimiento de sus senos debajo de mis ojos. Hice el además de rodear su cintura con el brazo, y la sujeté con mi mano en su cadera.

  • No te caigas.

Ella aprobó con una sonrisa, que también pasó cerca de la mía. Qué bien huele el aliento de las mujeres jóvenes cuando se mezcla con buen vino.

De la cocina volvió con las copas llenas otra vez. No dejó de mirarme a los ojos cuando pasó una a cada lado de mi cuerpo, para apoyarlas sobre el escritorio a mis espaldas. Los cerró un instante después de besarme durante un segundo breve e intenso. Se separó de mí y volvió a mirarme, ahora con aquella misma sonrisa conque se había llevado las copas. Mi mano izquierda regresó a su cintura, para frenar su retirada. Ahora el beso fue mío, y ella lo recibió y lo hizo crecer.

  • Vení –le dije, con el ademán de llevarla al comedor.
  • Non, je veux faire l’amour ici, aquí, por favor, quedémonos aquí.

El vestido que ella tenía puesto cayó con un estratégico movimiento de los tirantes, que supe adivinar. Estratégico vestido, táctica mujer que debajo llevaba la piel. A partir de entonces, mitad de la tarea cumplida, los dos nos ocupamos de desnudarme. Me apresuré a sacarme la camisa, y dejar que se ocupara del pantalón. El primer contacto de las pieles fue estremecedor. Y el segundo. La mía, algo curtida en la primera cuarentena se deslizaba por la olvidada e increíble suavidad de sus veinte, como si fuera bienvenida. Supe por primera vez de qué vivificadora manera una piel agrietada rejuvenece al contacto con una más joven; será la juventud una enfermedad contagiosa. También supe que no sería la última vez que me sucedería, si podía evitarlo. Ella traía algo nuevo para mí, figuras francesas, acrobacias imposibles, y danzas horizontales a un ritmo africano pasado por su tamiz europeo. Cuando se inclinaba sobre mí, y me mostraba alternadamente, arriba y abajo, su cuello al límite de su longitud y los incisivos blancos y gozosos, las puntas de su corte de pelo tocaban mis cejas americanas y nos traían al amor un nuevo continente.

Michelle se fue transformando, a medida que avanzábamos en las etapas de la intimidad, en una mujer grata y entregada, que todo lo deseaba, y por eso también lo que deseaba yo. Su voz se transformaba como cualquier parte de ella. De un susurro ínfimo fue un argumento despalabrado, hasta volverse un vuelo alto e inacabable.

Lo retuve. No me explico cómo, pero mi memoria musical lo guardó sin atisbo de duda.

En el último vuelo alarido melodía se deshizo. Cayó hacia atrás. Siguió transformándose, ahora era un cuerpo exhausto en temblores breves, cada vez más espaciados entre sí. Después, un cuerpo en calma, acompasado en su respiración. Cuando estiró las piernas, primero una, al rato la otra, yo ya no existía para ese cuerpo que estaba regresando del viaje de los sentidos, aunque hubiera participado de él.

Creí que se había dormido y me vestí. El avión salía un par de horas después, y no podía demorarme mucho en despedidas. Estaba por salir de la habitación cuando, de la paz del cuerpo desnudo tendido en la cama que había sido de Laura, un brazo se movió, buscó un papel doblado, con un punto rojo en el centro, y me lo tendió.

  • Prenez, elle toujours parle de vous. Apelle elle.

Recibí en mi sorpresa el papel, y lo guardé en el bolsillo del pantalón. No había entendido ni una palabra de lo que me había dicho. Al llegar a la avenida lo saqué y lo desdoblé. En tinta roja y con la letra de Laura estaba escrito su nombre y un número. En un rincón, con tinta y letra diferentes, más pequeño, otro número de teléfono, y el nombre de Michelle.

Fernando Blasco

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