¿Es el éxito una cuestión de esfuerzo o un reflejo del privilegio? El discurso de la meritocracia funciona a menudo como un relato que legitima la desigualdad estructural. Al decirnos que «quien quiere, puede», se invisibilizan las barreras de clase, género y origen, transformando problemas sociales en culpas individuales. Esta lógica no solo perpetúa el statu quo, sino que afecta gravemente a nuestra salud mental al generar una frustración constante frente a expectativas irreales. Desde la sociología pública, urge desmontar este mito para recuperar la idea de una sociedad basada en derechos y apoyo mutuo, y no en una competencia desigual por la supervivencia
