Star Wars y Roma: decadencia de la república y auge del imperio (2)

28 noviembre, 2017

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana ‒y no tan lejana‒ ambas Repúblicas, tanto la romana como la galáctica, agonizan. Su remate final provendrá de confabulaciones de poderosos que se disputan en un tablero el nuevo orden político y social. Estos actores y/o detractores tomarán un papel crucial en el futuro de los acontecimientos históricos. Para unos significará la salvación de un pueblo destinado a ser eterno y de una galaxia limpia de corrupción y políticos envilecidos, mientras que para otros será una era oscura, de miedo y de privación de libertad.

Personalidades principales y cristalización de la idea imperial en el último siglo

Como ya mentamos en el artículo anterior[1], el último siglo de la Roma republicana y las últimas décadas de la República Galáctica serán las etapas cronológicas que rematen este sistema de gobierno para dar paso a los Imperia. Y, desde luego, hay unos actores principales que juegan con el papel protagonista. Así es como, tras una mirada analógica a estos dos mundos, podemos ver cómo el antiguo Canciller Sheev Palpatine (Darth Sidious), tras su reelección como Canciller Supremo debido a las Guerras Clon, adquiere un poder desproporcional para con el resto de los magistrados republicanos. Es inevitable, entonces, igualarle a la figura de Julio César principalmente, el cual llegó al grado de dictator[2], siéndole otorgado durante la Guerra Civil contra Pompeyo (49 ‒ 45 a.C.) y que posteriormente rechazó para ser reelegido cónsul. Un año después, se le volvió a otorgar la dictadura, primero por diez años, luego de por vida en el 44 (dictator perpetuus). A su vez, cuando los hechos históricos de ambos personajes están en su cénit tienen una edad parecida y comprendida entre la década de los 50-60 años. Quizá, las diferencias que residen entre Palpatine y  César sean la implicación en el campo de batalla nulo por parte del primero, a la vez que la sincretización del mismo con una serie de factores de otros actores importantes y de hechos históricos condensados en una franja temporal menor; como pueda ser Octavio Augusto y su gradual conquista de un poder único y monárquico bajo el título de Imperator, ya incluido por su padre adoptivo César; o incluso Mario con la “modelación” del ejército en pos de convertirlo en un poder personal bajo los intereses de la cabeza de Estado.

Otro personaje de vital importancia en el colofón de la República es Anakin Skywalker y su ulterior metamorfosis en Darth Vader. En él podemos apreciar una serie elementos del magister equitum (maestros de caballería) que nos llevan a las figuras de Marco Antonio durante la última etapa de Julio César y de Agripa con Octavio Augusto. Ambos lugartenientes destacaban por sus grandes dotes como militares y su lealtad inquebrantable para con sus superiores; no obstante, en el caso de Marco Antonio, su virtus política era inversamente proporcional a su virtus militar. En este caso, cuando Julio César se ve envuelto en la Guerra Civil contra Pompeyo, Marco Antonio se queda al cargo de Roma y en palabras de Roldán Hervás (2011):

«El uso despótico que Antonio hizo de estos poderes, en la atmósfera de inquietud y violencia ocasionada por la crisis económica, desencadenó graves disturbios. El senado hubo de aplicar el estado de excepción, que Antonio convirtió en un régimen de terror, mientras los veteranos del ejército cesariano, acuartelados en Campania para la próxima campaña de África se rebelaban».

Esta etapa de agonía republicana pedía a gritos un cambio de orden político que venía arrastrándose, como bien se dijo con anterioridad, desde hace décadas y milenios. Un cambio movido por los intereses personales difuminados en el afán discursivo de paternalismo con el pueblo. Pero, quién mejor que Salustio para sintetizar la historia del último siglo, tanto de Roma como de la Galaxia (Coniur Cat., 38):

«…todos los que sembraron la turbación en el Estado con bellos pretextos, presentándose unos como defensores de los derechos del pueblo, otros para otorgar toda su fuerza a la autoridad del Senado, todos pensaban únicamente, alegando el bien de la República, en satisfacer su ambición».

Las Guerras Civiles y las Guerras Clon: la recta final

El marco bélico cumple una función importantísima para la transformación de la República. En el caso de Roma tenemos las dos guerras civiles (2ª y 3ª, después de la de Mario y Sila) enfrentando a dos triunviratos. La primera en la que encontramos mayor cantidad de analogías en cuanto al mundo de Star Wars es la del triunvirato de Julio César, Craso y Pompeyo. Aunque, como previamente se señalaba, la figura de Darth Sidious-Palpatine condensa y aúna ‒podríamos decir‒ junto con las Guerras Clon, las dos guerras civiles y los dos personajes que salieron victoriosos de los dos conflictos romanos: Julio César y Octavio Augusto.

En sendos casos, tanto en el Mundo Antiguo como en la Galaxia Lejana, el pretexto bélico responde a unos intereses particulares, a la confabulación, al juego de poder y política a pesar de sus diferencias históricas. Por un lado tenemos el conflicto de las Guerras Clon, en la que el casus belli se debe a una serie de causas-efectos del mundo de la política y la economía: la corrupción secular de los magistrados de la República que favorece a que los intereses de megacorporaciones tales como las que forman la Federación de Comercio, con representación parlamentaria, a exigir mayor libertad económica y un ejército propio para defenderse de piratas que atacan sus rutas comerciales. Dicho de otra manera: tenemos una facción secesionista que rompe con el organismo republicano y que, gracias a las confabulaciones y la actuación a dos bandas de Palpatine en su anhelo de poder y movido, en parte, por la venganza contra los jedi, alcanza el nivel de conflicto bélico a gran escala.

Por el otro lado, nos encontramos con la pugna entre las dos facciones romanas de los optimates (aristócratas tradicionales) y los populares (una especie de grupo reformista) a los que pertenecen Pompeyo y Julio César respectivamente. No obstante, es la ambición de estos actores lo que empuja al inevitable desarrollo violento de los hechos, de ahí la cita célebre «alea iacta est» (la suerte está echada) al cruzar César con sus cohortes el río Rubicón, frontera natural de la provincia entre la Galia Cisalpina (tomada y gobernada por César) e Italia y momento clave del inicio de la 2ª guerra civil romana. Julio César era, como asegura Le Glay (2001):

«…un temible personaje, poderoso genio de la intriga, excelente orador, cuya «elocuencia elegante, llena de brillo e incluso de magnificencia, con un cierto aire de nobleza innata», elogiaba el propio Cicerón; un hombre que desde sus diecisiete años […] llevaba la carrera ejemplar del ambicioso sin escrúpulos confiado en su hado.»

Asimismo, es complejo seguir el desarrollo que desembocó en el susodicho conflicto bélico romano. El casus belli de esta guerra se debe principalmente a ese juego de personalismos, siempre con una serie de confabulaciones a la espalda. Por ello, capítulos como el de César al cruzar el Rubicón en su avance militar tras ser decretado por el Senado como enemigo público con un senatusconsultum ultimum, muestran la estrategia y los juegos de tablero del conflicto y, en éste específicamente, el secreto de mantener su ejército personal en la frontera dispuesto a partir inminentemente. César se amparó, entonces, en su legitimidad de levantarse en armas contra Italia ya que los optimates «habían violado los derechos tribunicios y atentado contra la libertad del pueblo, que él se manifestaba dispuesto a defender» (Roldán Hervás, 2011).

Los posteriores cuatro años de guerra sobrevinieron diversas campañas en diversas provincias del orbis mundi, principalmente en Africa e Hispania. Es precisamente en la primera donde los optimates y Pompeyo contaban con el grueso de los apoyos externos (rey Juba de Numidia) y de legiones (14, para ser exactos). La guerra de África fue una de las más difíciles para César en su implicación militar; sin embargo, fue una campaña exitosa que dio caza a la mayoría de fuerzas senatoriales, representadas por personajes como Metelo Escipión o Catón, conocido como “el último republicano”. También sirvió para ayudar a escapar a dos hijos de Pompeyo que reorganizarán las tropas en la Ulterior, Hispania, y que capitanearán el último bastión de las fuerzas pompeyanas, aplastadas en Munda, Córdoba, el 17 de marzo del 45, momento en el que se dará fin a la guerra civil.

El último capítulo de César que nos atañe es el dilema de instauración del nuevo Régimen que reordenará el mundo. No habiendo muerto la República, César se encuentra en un punto de no retorno: él es capaz de establecer un gobierno autoritario con él como mandamás o de restaurar una República aristocrática moribunda. Es obvia su pretensión: querer ser considerado el princeps del Imperio romano, liberador y Padre de la Patria. El desenlace de esta decisión no establecida aún finaliza el 15 (idus) de marzo del 44, poco antes de partir hacia una campaña contra el reino parto, con su asesinato en el Senado por parte de un grupo de conjurados. Este fin dará lugar a un vacío de poder que ostentarán los nuevos protagonistas que conformarán el segundo triunvirato y la futura nueva guerra civil: el joven Octavio Augusto, hijo adoptivo no reconocido; Marco Antonio, antiguo magister equitum de César durante su dictadura, y Lépido, lugarteniente después de Antonio y descendiente del Pontífice Máximo. Serán ellos quien, por fin, rematen la República tras su alianza, persiguiendo y asesinando a los conjurados y simpatizantes republicanos. Caerán entonces 300 senadores y 2000 caballeros y, en los diez años que seguirán, la lucha de poder tomará un cariz de totalidad personal, y como bien dice Roldán Hervás (2011) «el triunfo sería para quien lograse identificar su nombre con la causa del Estado». Será éste, Octavio Augusto, tras la batalla de Actium (31 a.C.) el que conseguirá imponerse y apropiarse del poder monócrata que protagonizó la ambición de los conflictos del último siglo.

Para concluir, en cuanto a las Guerras Clon de Star Wars, tenemos que reseñar, sobre todo, el resultado final de los tres años de conflicto bélico. Y es que el verdadero punto de inflexión de la guerra es el momento en el que los jedis comienzan a ser conscientes del papel crucial del Canciller Palpatine y su actuación a dos bandas entre la República y los secesionistas. Ese episodio del que hablamos se da en La venganza de los Sith, en el cual, tras ser espiado, una serie de maestros del Consejo capitaneados por Mace Windu (Samuel L. Jackson) acuden en su detención. Este momento supone la retirada de la careta de Palpatine para convertirse plenamente en Sidious y, ayudado por un joven Anakin Skywalker, confundido y manipulado, acabar con la amenaza que suponen los maestros. Esto implica una serie de factores en el juego político: la legitimidad de Lord Sidious para acusar a los jedis de sedición y aplicar la famosa Orden 66[3] que acabará con esta suerte de “policía guerrera republicana” y, por ende, con la capacidad de los magistrados favorables a la República de contar con una fuerza armada que luche contra los planes de poder de Sidious. De este modo, el Lord Sith sólo tiene que poner fin a las vidas de los líderes secesionistas, títeres en todo esto, junto a su mano derecha, el recién nombrado Darth Vader, para concluir el conflicto de las Guerras Clon, colgarse las medallas y verse legitimado, gracias a sus poderes totales otorgados por el Senado ‒debido a la compleja situación de guerra‒ para formar un nuevo orden: el Imperio Galáctico. Esto no evita que una serie de magistrados y sistemas planetarios se posicionen en contra; será así cuando se inicie una total persecución de personajes importantes contrarios al Imperio que alcanzará el súmmum con la destrucción del planeta Alderaan ‒núcleo del sentimiento republicano con la familia real Organa a la cabeza‒ bajo este nuevo régimen autoritario de terror.

La consolidación del poder imperial

«Crear tranquilidad para Italia, paz en las provincias y seguridad en el imperio». Así habló Julio César tras el final de la guerra civil; un discurso tranquilizador, diplomático y de paz, al igual que hará su heredero Octaviano.

«A fin de poder garantizar la seguridad y mantener la estabilidad, la República, por orden inmediata, se convierte en el primer Imperio Galáctico para preservar el orden y la seguridad de la sociedad» así hablará Lord Sidious durante su pleno de investidura ante el Senado Galáctico. ¿Coincidencias?

Este elemento discursivo simplemente será la propaganda utilizada por nuestros protagonistas para asentarse en el poder, donde se caracterizarán ‒después de años de episodios sangrientos‒ como Padres de la Patria, justos y superiores, incluso divinizados, encargados de reorganizar la paz, tanto sobre los ciudadanos como de los pueblos sometidos. Ahora queda sobre Augusto la misión de establecer, desde la legalidad, esos poderes que ya allanó Julio César y que, a diferencia de Sidious, su conquista plena se alargará un poco más en el tiempo. Así es como a partir del 23 a.C. el propio Emperador recogerá los poderes militares y políticos de las antiguas magistraturas republicanas (imperium proconsular y tribunicia potestas), arrancando el carácter anual y la colegialidad para absorberlo en una única figura sin limitación alguna temporal.

Por fin queda establecido un nuevo orden en el que se fusionan características de la antigua república con el nuevo imperio sin llegar en ningún momento, por los menos en Roma, a vincularse con la palabra “monarquía” debido al sentimiento de especial recelo de los romanos con esta terminología. Sin embargo, se siguen manteniendo casi todos los estamentos privilegiados de la sociedad junto al princeps con reformas de pequeño calibre que, poco a poco, irán contaminando los pilares de algo que se creía eterno. En el caso del Imperio Galáctico, se verá fragmentado en cuestión de 30 años; para Roma, habrá que darle hasta el 1453, con la caída del Imperio bizantino, para ver desaparecer completamente lo que fue construido, una vez, sobre la ambición, el poder y la sangre.

Álex Negro

Referencias

[1] http://www.anthropologies.es/star-wars-roma-decadencia-la-republica-auge-del-imperio-1/

[2] Magistratura de carácter excepcional que sólo podía durar seis meses en casos de fluctuaciones violentas, tanto exteriores como interiores. Era elegido por los cónsules y, debido al poder que ostentaba, no podía recibir la apelación ante el pueblo ni del derecho a veto de los tribunos de la plebe.

[3] Jugada maestra en forma de orden militar que inculpa a los jedis como traidores a la república y que da pie a la matanza indiscriminada de los soldados clon contra los susodichos.

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