Microrrelatos VIII

9 marzo, 2017

La ilusión de sus ojos había desaparecido cuando él la confesó que estaba casado, pero no se diluyó del todo, se había transformado en un flujo abundante que bajó hasta su coño en forma de excitación por cumplir una fantasía. Tal vez no había encontrado al hombre de su vida, pero sí una oportunidad para acostarse por fin con alguien que no iba a reclamarle más.


Era adicta a casi suicidarse, adicta a esa sensación de andar por la cuerda floja entre la vida y la muerte, adicta a la emoción de no saber si viviría el minuto siguiente y adicta a no tener ninguna certeza. Quizá por eso se enamoró de él.


A veces una persona puede arreglarte un día horrible, otras tan sólo lo arreglan 3 acordes concretos.


Ese día aprendieron una palabra que llevaban décadas utilizando, por fin le pusieron nombre a un montón de años de amistad, confesiones, solidaridad, ayuda mutua, amor compartido y horas y horas de conversaciones y risas. Cuando decidieron abrir por azar el diccionario por la S y aprender alguna palabra nueva, jamás pensaron que las definiría a las 3 de una manera tan personal; así que SORORIDAD era aquello que las había hecho sobrevivir tantas veces.


Se había pasado la vida regalando pequeños trozos de ella misma para completar a otros, para ayudarles a rematarse. Cuando por fin decidió terminarse ella misma se dio cuenta de que no le quedaba nada con lo que hacerlo, ni nadie que le prestara un pedacito.


Azalí Macías

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