Microrrelatos IV

23 noviembre, 2017

“Hoy es mi renacimiento…” Decía aquel estribillo que no paraba de repetirse en sus cascos. Llevaba una hora escuchando en bucle aquella canción mientras miraba con los ojos llorosos y con sudores fríos aquellos restos blancos que tenía su DNI.
Iba a ser un proceso muy duro, pero estaba decidido a renacer.


En las relaciones de pareja, si se siente amor de verdad, llega un punto en el que los defectos de la otra persona pasan desapercibidos o casi se convierten en virtudes. En ese punto se encontraba ella, que veía en él todo lo que siempre había buscado en un hombre. Al principio él le parecía una persona muy fría, irascible, gruñona, mal educada y depravada, pero el tiempo había hecho que ahora lo viera como alguien reflexivo, sensible, con carácter, con un toque canalla y muy apasionado.
La relación no había sido fácil, habían tenido muchos problemas, pero ella ni siquiera los recordaba con exactitud. El amor le había invadido y no había dejado espacio en su cabeza para nada más, ni siquiera para seguir elaborando planes de huida de aquel zulo en el cual llevaba presa más de 3 años.


Mientras él se le subía encima con intención de penetrarla, ella solo podía pensar en la frase que más veces le había dicho en su vida: “no me acostaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra”. Maldito ataque alienígena… Una vez más se veía obligada a traicionarse a sí misma.


Siempre que la veía pasar por los pasillos de la universidad todos sus compañeros se giraban a su paso y exclamaban casi al unísono “qué buena está”. El nunca había entendido por qué decían eso, como tampoco entendía casi ninguna de las cosas que se hablaban a su alrededor. Por eso, en un intento de entender algo, decidió comerse la parte inferior del muslo de aquella chavala, mientras ella se desangraba colgada en su cocina y aún así, después de hacerlo, siguió sin entender nada. Tampoco estaba tan buena.


Dicen que cualquier cosa está buena si la metes entre pan y le pones mayonesa, así que así fue como la carta de desahucio acabó convertida en la cena de aquella noche. (Azalí Macías)


Tenía un terrible pánico a que se le acabará la batería del móvil. Siempre llevaba con ella alguna power bank y al menos un cable. Al entrar en los bares lo primero que hacía era comprobar si había enchufes disponibles, y si por alguna casualidad su porcentaje de carga bajaba del 50% sufría una espantosa ansiedad. De lo que no se daba cuenta, era de la cantidad de energía vital que consumía en esta obsesión, y esa no se puede recargar. (Azalí Macías)

Juanma Vázquez

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