Género y moda en la sociedad de consumo

26 agosto, 2016

Dentro del sistema estandarizado por donde nos mueven es importante expresar la personalidad y no dejar que nada ni nadie nos encaje en algo que no nos gusta o simplemente nos resulte diferente, aburrido o traumático.

Bastan unos minutos en la calle para darnos cuenta de que somos esclavos y esclavas de las tendencias que articulan el complejo mundo de la moda y sus protagonistas. Espías del glamour se encargan desde una visión intima, acomplejada y adultocentrista de decidir que es tendencia y que no, susceptibles de indignarse con la más mínima aportación de diferentes pareceres morales sobre los artificios de la sociedad de consumo.

Pensar que somos libres por vestir de una u otra forma o asociar cuestiones de género a unos determinados complementos no es más que aceptar las reglas del juego propuestas por el mercado en una sociedad altamente machista. Al hacer esto creamos desigualdades, niveles o nichos de estilos naturalizados cuando en realidad son puros artificios consumistas. Nos dejan explorar nuestros cuerpos libremente __al menos eso pensamos__ a cambio de moldearlos culturalmente mediante pautas y cánones occidentales según las características físicas y psicológicas de las personas, junto con el poder adquisitivo y la condición de clase que propone el nivel de renta del país donde vivamos.

Es preocupante ver los repetitivos e insistentes giros de la moda y como hombres y mujeres los apoyan y cargan ideológicamente con vagas o difuminadas nociones sobre machismos y feminismos occidentales, sin atender a lo verdaderamente necesario en materia de igualdad de género que atosiga a la sociedad actual. Detenerse e intentar comprender aisladamente la representación sociocultural de sentirse bien, bella o bello en el contexto de la moda como único contenido es difícil y revolucionario. Comprender que vestir con tacones altos no es sinónimo de que para alcanzar la igualdad las mujeres, con respecto a los hombres, sólo necesiten caminar más cerca del suelo es complicado en la dictaminadora sociedad del momento. Así mismo, juzgar de forma positiva o negativa un atuendo y a quien lo viste sin conocerle/a más allá de un simple y esporádico vistazo en un contexto determinado es lo fácil y reconfortante según las deficiencias e ideologías personales del/de la que juzga.

Pasamos de las ochenteras y masculinas hombreras a las femeninas cremas para hombres, o de los vertiginosos tacones a los accesorios ideológicos que tan poca crítica reciben desde ambas partes por no desempeñar una función exhibicionista del cuerpo sino de escaparate de la exclusividad, como por ejemplo un bolso de Louis Vuitton o unas Rayban vintage para hombre, para darnos cuenta de los arbitrarios juicios de valor y sus rebajas.

Es imprescindible afrontar de modo objetivo los acontecimientos socioculturales asentados como naturales en el desarrollo de la tecnológica sociedad de consumo donde vivimos, para percatarnos de la verdadera intención de la moda y así poder evolucionar en el dominio de la crítica y sus correspondientes acciones. Hoy en día las reivindicaciones sociales sobre la igualdad y sus protestas son absorbidas, diluidas y devueltas al ideario colectivo en forma de una extensa y jerarquizada gama de artículos al mercado, en el que nos estandarizan según nuestras características económicas, físicas y mentales al abastecer a nuestras necesidades artificiales e ideologías occidentales desarrolladas. Con ello el omnipotente mercado ha conseguido mentes de revoluciones efímeras en los procesos conductuales a lo largo de la historia más reciente, carentes de conciencia, igualdad y contenido con respecto a la moda femenina y masculina. Si nos demoramos en los tiempos marcados por el consumo y reflexionamos sobre todo lo que nos rodea, esta fórmula también la podemos aplicar a otros contextos socioculturales de la existencia humana porque estamos más necesitados que nunca de realidades.

Juan Gabriel Rodríguez Laguna

https://sites.google.com/site/jgrodriguezlaguna/

Twitter: @laguna_jg

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2 Comments

  1. […] tampoco quiero que ella sea una princesa, porque yo no tengo por qué pagar las copas en los bares, ni invitar por costumbre a cenar, ni abrir puertas, ni pasar frío […]

  2. […] Enlace a este artículo publicado en la Revista Anthropologies. […]

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